El impacto de la ansiedad crónica
Cuando la ansiedad se transforma en un todo de la conducta.
Sabemos que la ansiedad es una emoción básica y necesaria para el ser humano, cuya función consiste en movilizar y activar a la persona de manera que pueda responder de manera adaptativa a circunstancias que, por alguna razón, le resulten amenazantes. Sabemos también que esta emoción puede intensificarse o hacerse crónica, que pasa a ser en mayor o menor medida perturbadora para la persona. Y, por último, ya dentro de una valoración clínica, sabemos que puede constituirse en la base de un proceso patológico que afecte en forma significativa a la calidad de vida y al desenvolvimiento general del individuo, lo que genera un auténtico padecimiento psíquico. Difíciles interrogantes. Este saber, dentro del trabajo psicoterapéutico, nos remite (como todo saber) a interrogantes de difícil respuesta ante la demanda que nos presenta el paciente. Particularicemos con algunos ejemplos: ¿por qué un animal inofensivo, un insecto, un trueno o una simple inyección deja a la persona que padece una fobia presa de un terror o una angustia que le resulta abrumadora? ¿Qué hace que el hipocondríaco interprete de modo dramático o terminal una señal nimia o insignificante de su organismo? ¿Qué lleva al celoso a una actitud de alerta permanente, de agudo e irracional escudriñamiento sobre la privacidad de su compañero/a, aun en la fidelidad indeclinable de este/a? ¿Por qué el compulsivo vuelve sobre sus pasos para cerciorarse una y otra vez de que una puerta ha quedado debidamente cerrada? ¿Cómo puede el estudiante que ha aprendido de manera consistente el contenido de una materia quedar con la mente en blanco y la urgencia subjetiva de retirarse ante el docente en el examen?La ansiedad, como proceso patológico, subyace como respuesta a estos dilemas clínicos, más allá de las particularidades de cada cuadro y, fundamentalmente, de cada persona. En todos estos casos, la ansiedad deja de ser una vivencia integrada, que acompaña lo que podríamos llamar el devenir del individuo en su circunstancia y en su desarrollo vital, incrementándose o disminuyendo de modo adaptativo en función de las condiciones más o menos ansiógenas a las que se expone. Por el contrario, irrumpe sobre la actividad psíquica de la persona, superando sus posibilidades de elaboración y resolución y apoderándose de su pensamiento y de su conducta.De los múltiples enfoques en que puede analizarse la ansiedad como fenómeno patológico, éste es el que nos interesa remarcar en el presente artículo, ya que en ello radica un aspecto esencial de este malestar: aquel por el cual esta emoción deja de ser una vivencia que puede ser dirigida y canalizada, deja de ser, en nuestra subjetividad, una parte, para transformarse en un todo; se impone sobre nuestra conciencia, transforma la reflexión en una rumiación agotadora e interminable, se vuelve impulso ingobernable o, por el contrario, inhibición o bloqueo insuperables.De todo el abanico de información disponible, se torna significativa para el ansioso sólo aquella que, según su interpretación, le confirma sus temores, por infundados que estos sean, reforzando e intensificando su malestar anímico y condicionando su conducta y sus relaciones interpersonales, como planteábamos en los interrogantes antes mencionados.La que se ve siempre afectada, entonces, es la capacidad integradora de la persona, estrechamente asociada a la salud y el equilibrio psíquico, en tanto permite una experiencia de autoafirmación y cohesión interna. La ansiedad patológica impacta sobre las facultades humanas que dan sustento a esa capacidad, como lo son la reflexión, la toma de conciencia, la creatividad, el reconocimiento y la expresión de los sentimientos y deseos, todo ello en el contexto (también integrador) de los vínculos interpersonales.De allí que, en el tratamiento de estos trastornos, si bien resulta una evidente prioridad la disminución en el sufrimiento del paciente, teniendo como objetivo la remisión de los síntomas ansiosos, no debiéramos limitarnos a esta meta terapéutica, lo que implicaría también hacer de una parte un todo. Independientemente de la técnica o del recurso asistencial por implementar, apelamos desde una perspectiva clínica, pero también humanista, a la recuperación de esas facultades avasalladas por la patología ansiosa, indispensables para un desenvolvimiento armónico e integrado de la persona.

