El fútbol y el desfase tecnológico
La tecnología no solucionará todos los problemas. Ricardo Trotti.
Nunca antes la tecnología influenció una Copa del Mundo como la que se jugó en Sudáfrica; desde la captura de masivas audiencias, por primera vez por Internet y televisión alta definición, o en 3D, con iPad o YouTube, hasta la manipulación digital del zumbido de las vuvuzelas para que no afectaran la transmisión. Todo el reciente Mundial tuvo una proyección digital.
Incluso la experiencia de juego de los futbolistas pareció distinta. Su relación con los fanáticos ahora se cultiva en las redes sociales, en Twitter o Facebook, donde Cristiano Ronaldo es el más popular de los atletas, con unos siete millones de seguidores y, ya sea por el polémico tecno-balón Jabulani, errático e impreciso, o el pasto híbrido, casi artificial, o las camisetas impermeables o los botines que consiguen mejor comba, la forma de jugar también fue, en gran medida, diferente.
Pero en lo que respecta a la esencia del fútbol, el juego limpio, existe un profundo desfase tecnológico. La tarjeta roja que en este Mundial les sacaron a los árbitros Jorge Larrionda y Roberto Rossetti, aniquilados por dos errores garrafales, debería adjudicársele a Joseph Blatter, el presidente de la Fifa, por haberse resistido a aplicar la tecnología, lo que permite que el fútbol sea cada vez más sucio y menos justo.
Tras el silbatazo final que consagró a los españoles, el mayor desafío de Blatter no será encontrarle trabajo al pulpo Paul ni lamentarse de que la modelo paraguaya Larissa Riquelme no haya llegado a desnudarse totalmente, sino escoger entre incorporar árbitros adicionales al lado del arco, implantar un transistor dentro de la pelota o pedir prestado al tenis el hawk-eye (ojo de halcón), para evitar más defraudaciones.
Luego de los errores vistos por todo el mundo, la presión de las masas obligó a la Fifa no sólo a pedir perdón a los seleccionados afectados, sino a reconsiderar el uso de la ciencia.
Antes del Mundial, Blatter argumentaba en contra de la tecnología, principalmente porque el fútbol es un deporte dinámico que no puede ser detenido a fin de revisar cada decisión, y por su universalidad, al considerar que los mismos principios o la tecnología no podrían aplicarse en igualdad de condiciones en todas las ligas amateurs y profesionales de los 208 países que componen la Fifa. Fueron siempre argumentos débiles.
Es que la tecnología no debería ser usada a discreción, sino en situaciones decisivas y sólo en un par de jugadas por bando, como ocurre en el tenis o el básquet, deportes que por ello no perdieron dinamismo ni universalidad, a pesar de que el replay y el ojo de halcón se usan sólo para campeonatos importantes y en ligas pudientes.
La tecnología no solucionará todos los problemas. Tampoco reemplazará a los árbitros. Es sólo una herramienta objetiva; jamás podrá suplantar los criterios e interpretación arbitrales, como la intencionalidad o no de una mano o de una plancha. Pero indudablemente será un auxiliar que ayudará a la precisión y equidad del juego.
Con un arbitraje asistido y supervisado por la tecnología, también se evitarían muchas de las sospechas de corrupción y partidos arreglados, como sucedió en las ligas europeas, y se impedirían muchas de las trifulcas campales que año tras año empañan la Copa Libertadores, desgastando audiencias, fanáticos y relaciones entre países.
La tecnología nos ha convertido a los fanáticos en mejores jueces y más inteligentes. Le toca ahora a la Fifa corresponder esos atributos. Esperemos que no nos haga una mala jugada.

