El fin de la historia y el cielo americano
El derrotero del neoliberalismo, desde aquel optimista Fukuyama de principios de la década de 1990 hasta esta crisis que revuelve el corazón mismo del gurú, Estados Unidos, nos dice que en el mundo nunca está dicha la última palabra mientras la humanidad siga caminando hacia un destino. Alejandro Mareco.
La historia había terminado. No sólo lo sostenía el pensador estrella de aquel momento, Francis Fukuyama, sino incluso el gesto socarrón de la piba o el pibe que, con caramelos, lapiceras y hasta organizando campeonatos de fútbol, te querían anotar en la empresa de jubilación privada (AFJP) a la que representaban. Si el mercado era dios creador, el marketing era el demiurgo (entendido como principio activo del universo). Uno les decía: mirá que hace apenas una década nos estábamos dando balas con los adalides del Occidente capitalista; mirá que hace casi dos, en este país hasta se llegó a plantear un horizonte socialista. Pero, qué va, la suerte del mundo estaba echada: a todos nos llegaría, de algún modo u otro, la oportunidad de ascender al paraíso neoliberal. Sólo había que esperar la ola. Todo lo que había pasado hasta entonces (se podía contar desde los dos mil años desde Cristo hasta los casi diez mil desde los sumerios) era sólo pasado, la humanidad esperando la aurora eterna del capitalismo. Pasa que el bloque comunista, el otro polo del mundo durante casi todo el siglo 20, había estallado. Desde la perspectiva de los años, podemos decir que, claro, Occidente creía y quería que su victoria durara para siempre. La democracia neoliberal sería un tsunami incontenible. La victoria no dura para siempre, ni en la vida ni en la historia. Es sólo una vana ilusión en la que se han regodeado incluso pueblos de los que no tenemos memoria. Y nosotros los hombres, pequeños frente a la historia y el tiempo, siempre navegando entre el naufragio y la desesperación por llegar a una orilla, al menos terrenal, porque la orilla suprema es una incógnita. La historia, en los adagios de la década de 1990, había terminado, pero en la foto que sacaba el neoliberalismo del mundo, con las referidas pretensiones de eternidad, no salíamos todos. En realidad, el fin de la historia se planteaba como el fin de las ideologías, puesto que uno de los dos supuestos extremos de la concepción de cómo ordenar una sociedad había tirado la toalla. Todo esto viene a cuento de que nuestra historia individual es la de uno y es, en gran parte, la de todos, no sólo en el país sino en el mundo, no sólo como argentinos sino también como humanidad. Entonces. Arde Londres, en una dosis de descontrol que el mundo mira con asombro, repartida entre la rebelión de tantos marginados del sistema y de represión que no sorprende demasiado, pues los ingleses –mejor dicho, sus clases dirigentes– son los campeones mundiales de la represión (pueden atestiguarlo la India, Irlanda y tantos otros). El Primer Mundo se estremece con la indignación de los “indignados”, que cruza Europa e incluso llega con su inesperada espada hasta la misma Israel. La historia no ha terminado, qué va. El derrotero del neoliberalismo desde aquel optimista Fukuyama de principios de la década de 1990 hasta esta crisis que revuelve el corazón mismo del gurú, Estados Unidos, nos dice que en el mundo nunca está dicha la última palabra mientras la humanidad siga caminando hacia un destino, que unos y otro auguran como la justicia final. Mientras tanto, en tribunas hablan de justicia los más conspicuos personeros de la injusticia. Más que nunca, es la hora de sentirse americanos. Capaz que en este mundo enfermo algo original tenemos que aportar.

