El enemigo interno
Últimamente, el gobierno de Estados Unidos ha tenido mayores éxitos desbaratando complejas conspiraciones y planes terroristas que controlando los escándalos por el comportamiento indecente de sus fuerzas de seguridad fuera de los campos de batalla. Ricardo Trotti.
Últimamente, el gobierno de Estados Unidos ha tenido mayores éxitos desbaratando complejas conspiraciones y planes terroristas que controlando los escándalos por el comportamiento indecente de sus fuerzas de seguridad fuera de los campos de batalla. Mientras el presidente Barack Obama tomaba en la pasada semana como lema de campaña electoral el golpe mortal de hace un año contra Osama bin Laden, y el FBI desarticulaba una red anarquista que planeaba atentados en el Estado de Ohio, el servicio secreto afinaba un nuevo código de ética interno, en respuesta al bochorno causado por sus agentes en la Cumbre de las Américas.Once agentes y 10 militares condenaron su suerte laboral y la reputación del servicio secreto, entreverándose en una festichola con prostitutas horas antes de que el presidente Obama llegara a Cartagena.Ahora, el envío de chaperonees a los viajes presidenciales, para controlar que los agentes no se involucren con alcohol y prostitutas, se asemeja a los recaudos que se toman para viajes de egresados, más que para una agencia que salvó la vida de Ronald Reagan en 1981, pero que todavía repasa su responsabilidad en el asesinato de John Kennedy en 1963, como el yerro más grande de su historia.La conducta indecente no es patrimonio de las fuerzas de seguridad estadounidenses. Muchos candidatos presidenciales terminan sus aspiraciones por problemas de faldas. Y eso le costó el puesto al ex director del Fondo Monetario Internacional Dominique Strauss-Kahn o hizo pasar a la historia al ex premier italiano Silvio Berlusconi o quedó en entredicho con el reciente viaje del rey español Juan Carlos I al África, dicen, para cazar princesas y plebeyas, más que elefantes.El escándalo del servicio secreto norteamericano, que todavía puede subir de tono si Dania Suárez logra contar su historia a la revista Playboy , tras quejarse de que no le pagaron por sus servicios sexuales, no es para rasgarse las vestiduras, pero sí tira por la borda los esfuerzos de un gobierno que en el mundo entero sermonea sobre ética y anticorrupción.El tema no deja de ser grave, porque desnuda la vulnerabilidad del gobierno a merced de su propia gente, en casos que comprometen desde la seguridad del presidente hasta la nacional.Los escándalos son muchos y poco graciosos; sólo basta recordar al soldado Bradley Manning, después de que filtrara a Wikileaks millones de documentos clasificados de la diplomacia estadounidense, comprometiendo las relaciones con gobiernos aliados y enemigos.Peor aún fueron las fotos que surgieron en 2004 desde la cárcel en Irak de Abu Ghraib, que mostraban a soldados aterrorizando a los detenidos con perros o posando entre cadáveres como si fueran trofeos de caza, escenas que hasta inmortalizó el colombiano Fernando Botero en sus pinturas. O la de retratos recientes de soldados en Afganistán haciendo gestos obscenos a víctimas y símbolos musulmanes o la denuncia sobre aquellos guardias de la prisión de Guantánamo tirando copias del Corán por los retretes.Pese a los golpes certeros contra Al Qaeda, el gobierno de EE.UU. ha dejado traslucir muchas deficiencias. Desde sus yerros por no poder anticipar los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York o justificar la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, hasta su impotencia por no detener una epidemia de suicidios que afecta a sus soldados. O desde sus promesas incumplidas de cerrar la cárcel de Guantánamo, hasta acabar con métodos de interrogatorio lindantes con la tortura, ya sea en vuelos secretos o en cárceles clandestinas en Tailandia, Afganistán y varios países europeos.Tal vez la mejor lección que emerge de la mala conducta de algunos agentes del servicio secreto, así como de los actos corruptos que conspiran desde el interior contra el propio gobierno, es que en una sociedad abierta donde se permite que la información y las denuncias fluyan libremente, se hace mucho más fácil la tarea de buscar y aplicar correctivos.

