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El ecumenismo es una orden de Cristo

La jerarquía católica marginó por siglos a la mujer por ser mujer y aún obliga a sus sacerdotes a un “celibato obligatorio”. José Amado Aguirre.

14 de julio de 2011 a las 12:01 a. m.
José Amado Aguirre (Presbítero)
El ecumenismo es una orden de Cristo

Es muy fácil y frecuente recurrir al mensaje de Jesús, que exigió que sus discípulos debían "unirse y amarse". "En esto conocerán que son mis discípulos", dijo. Fuera de un breve período histórico, jamás sus llamados discípulos se unieron en lo esencial, ni siquiera se toleraron en lo humano. Cuando el Imperio Romano se transformó en un "imperio cristiano", surgieron toda clase de discriminaciones, esclavitudes, autoritarismos, inquisiciones, cruzadas, etcétera, en nombre de Cristo. "Después de que Constantino concedió la paz a la Iglesia –dice San Jerónimo–, esta creció en riqueza y poder, pero no en virtudes" ( Manual de historia de la Iglesia, sacerdote Jesús Álvarez). Ya en el siglo IV, San Hilario decía: "La Iglesia, que fue creída cuando estaba en las cárceles y en el destierro, obliga hoy a creer mediante amenazas de cárcel o destierro". A su vez, Pablo VI afirmó con dolor: "El Papa, como todos sabemos, es el obstáculo más serio en el camino del ecumenismo" (Pablo VI , por Peter Hebblethwaite). Como sacerdote católico, al admitir tantos pecados y errores en mi Iglesia, podré dialogar con mis hermanos "separados", llamados protestantes, para decirles lo siguiente: Primero: fray Martin Lutero, con su "libre examen", rompió el monopolio católico romano, fundó la libertad personal como un atributo esencial para interpretar la Biblia y para la realización sociopolítica del hombre. Sin pretenderlo, unificó en Cristo a todos los creyentes cristianos, ya que también nosotros, los católicos, tenemos el derecho de interpretar su mandato, confiriendo la potestad máxima a Pedro y a sus legítimos sucesores. Segundo. La Santa Cena –es decir, la eucaristía–, tampoco puede separarnos. Al contrario, es signo de unidad para los creyentes. Según los Evangelios, Jesús comió el cordero pascual de acuerdo al rito judaico, rodeado por sus apóstoles y discípulos. Cuando tomó un trozo de pan y después una copa de vino, les dice que ese pan y ese vino son "mi cuerpo y mi sangre"; y ordena a "sus discípulos" (no exclusivamente a sus apóstoles) repetir ese acto hasta el fin de los tiempos. Desde su origen, lo más cuestionado fue y es el "sentido" de las palabras consagratorias de Jesús. Los llamados católicos afirmamos la "presencia real" de Jesús en la eucaristía; los "protestantes", en general, aceptan un sentido "simbólico" de unión con Cristo. ¿Qué entendieron los discípulos en ese acto histórico? Pedro no hubiera creído que podría comer al Jesús presente; tendría que aceptar un signo de unión simbólica en ese pedacito de pan, como –opino– lo aceptan nuestros hermanos "separados". Los actuales católicos creemos que Jesús se nos entrega no sólo simbólicamente, sino "realmente" en su "cuerpo glorioso". En la eucaristía queda una "ventanita anticipada" de eternidad para todo creyente. Es decir que en la eucaristía hay un plus exclusivo de fe. Tercero. Hay algo que no se puede marginar ni menos omitir: la sangre redentora de Jesús es también la sangre corredentora de su madre. Reconozco que nuestra jerarquía, obsesionada a ultranza por la "virginidad", no publicó debidamente que María era y es la más alta y digna persona humana por la "maternidad divina" y no por la virginidad. Marginó por siglos a la mujer por ser mujer y aún obliga a sus sacerdotes a un "celibato obligatorio", en contra de la doctrina de libertad de Cristo. Cuando nuestros "hermanos separados" imploren las gracias y el amor de María Santísima, ya no quedarán pretextos, motivos ni causas para continuar esta gravísima ofensa al mandato supremo de Cristo. "En esto conocerán que sois mis discípulos si os amáis los unos a los otros". Todo lo demás es pura literatura.