El Día de los Muertos
Hay enfermos terminales que serían más felices durante sus últimos meses entre el cariño de quienes los rodean.
Cuenta Somerset Maugham que un mercader de Bagdad envió a su sirviente al mercado. Allí una mujer lo empujó; él la miró y resultó ser la muerte. Volvió e imploró a su amo que le prestara su caballo más veloz para huir a Samarra, pues allá la muerte no podría encontrarlo. El amo fue luego al mercado, se topó con la muerte y le preguntó: "¿Por qué hiciste un gesto de amenaza a mi criado cuando te topaste esta mañana con él?""No fue de amenaza –repuso la muerte– fue un gesto de sorpresa. Me asombró verlo aquí, en Bagdad, siendo que tiene conmigo una cita esta noche en Samarra".Existen muchos mecanismos de defensa frente a la muerte. Ese pariente nuestro que acaba de telefonearnos diciendo que le han entregado el resultado de unos estudios según los cuales está para partir hacia el otro mundo, añade con cierta esperanza: "Debe de haber algún error; al fin de cuentas el que me atendió era un jovencito que no tenía pinta de médico".A los días, lo llamamos y ha cambiado de tono. Acepta la realidad. La ira lo invade. Los familiares dicen que nada lo conforma. En este caso ocurre que, como siempre aspiraba a ser un astro, ahora se ha pisoteado su orgullo. "Por que a mí?", es la pregunta.En un tercer paso, cuando lo vamos a visitar, el tono y la energía con que nos recibe son distintos. Hasta las facultades intelectuales, como atención y memoria, aparecen más flojas. Ya no es el movedizo de antes. Y no acaba de convencerse: si parecía un resfrío y luego una gripe con cierto dolor. Él, que siempre fue remiso a hacerse estudios, aceptó ir al especialista ante la insistencia de su esposa. Y ahora le salen con esto: cáncer de páncreas.Llega al cuarto estadio cansado, anestesiado afectivamente, entregado. "Duerme mucho", dice la esposa. Es como si renunciara. No hay felicidad y cuesta evitar el dolor. Finalmente, quinto paso, como el niño es el padre del hombre, aparece el chico que promete portarse bien. No fumar ni abusar de la bebida. Aquí, el creyente se refugia en Dios, ya que existe para la eternidad, la cual otorga cierta esperanza.En fin, uno de los más grandes poetas de América, Rubén Darío, cuyos padres se divorciaron antes de que él naciera, vivió siempre con temor a la muerte. El alcohol y las luces de muchas capitales no pudieron evitar que el frío de la noche le quitase el miedo a esa otra oscuridad, de la que nadie puede escapar.Mucho tiempo tuvo que dormir acompañado, y así lo explica en "Lo fatal": "Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror. / Y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos. / Y no saber a dónde vamos / ni de dónde venimos".En suma, la mayoría de los médicos del dolor opinan que la agonía de la muerte no existe. Y, por otra parte, sólo comprende la bendición que entraña una familia aquel que no la tiene, porque en el individualista mundo donde vivimos hay enfermos terminales que serían más felices durante sus últimos meses entre el cariño de quienes los rodean. Lo único necesario es que estos se decidan a donar parte de su tiempo para esa ayuda espiritual.
*Periodista

