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El destino de la gente pasa por las aulas

Este país, a esta altura de sus dos siglos, sostiene algunas estructuras esenciales salvadas de las garras devoradoras y depredadoras del neoliberalismo. Alejandro Mareco.

28 de agosto de 2011 a las 12:01 a. m.
El destino de la gente pasa por las aulas

¿ E s posible ser parte de la clase media si se debe sobrevivir gran parte del mes con arroz y picadillo y, los últimos días, caminar, a falta de monedas para los cospeles o el boleto del colectivo? Qué clase de clase media es esa, podría protestarse desde el punto de vista económico, entendida la queja como que la capacidad de consumo no se condice con los estratos que sirven de referencia a las estrategias de mercado. Pero acaso hay otra manera de definirla: puede ser por los rastros que se encuentran en una casa, quizá humilde, donde hay un libro de Jean Paul Sartre (si se pude elegir, elijo Las palabras ) o una discoteca en la que se cuente al menos con alguna versión de Zamba para no morir, de Hamlet Lima Quintana, por decir algo que quizá sirva para identificar una escenografía hogareña. Porque lo que hacen nuestros creadores, poetas, músicos, pintores y demás es darle sentido a cada una de nuestras vidas, que, si no se tiene en cuenta la construcción colectiva de la que todos formamos parte, es posible que nos apaguemos sin destino. Al fin, lo que hemos tenido siempre es una clase media original. En las décadas de 1960 y 1970, éramos casi un faro del mundo en cuanto a clase media, esto subrayado por enormes pensadores como el brasileño Helio Jaguaribe (desde hace décadas, consultor de todos los gobiernos brasileños). Éramos el país de los empleados públicos bien pagos, de los docentes, de los trabajadores con buenos salarios… Era un país en el que el hijo de un trabajador ferroviario podía venir de Entre Ríos a Córdoba (como Carlos Martínez, que no es un nombre al voleo, sino el de un amigo) e instalarse en una pensión del barrio Clínicas para estudiar Medicina: después del arroz y el picadillo, habría un destino de clase media. Es decir, de una generación a otra se podía subir un peldaño en la escala social. Y todo gracias a la educación pública y gratuita, uno de los mayores tesoros que “inventamos” y hemos sostenido, pese a tantos vientos en contra, en uno y otro momento de nuestra historia. Este país, a esta altura de sus dos siglos, sostiene algunas estructuras esenciales salvadas de las garras devoradoras y depredadoras del neoliberalismo (que sólo trabaja para la plenitud de unos pocos), como la universidad pública y gratuita. Los cordobeses tenemos, acaso, la mejor de todas las maravillas que tiene este país: nuestra universidad nacional. Es la de la tremenda Reforma Universitaria de 1918, que se replicó en toda América del Sur (ésta que hoy es consciente del valor de la unidad regional). Sucedió, por ejemplo, que en 1983, al cabo del paso devastador de bienes y almas que dejó la dictadura, nos juntamos en la vereda del Rectorado con la consigna de ingreso irrestricto y fin del arancel de los milicos. ¿Cuánto vale aquello y cuánto vale hoy la abolición de la contribución estudiantil que sostuvo y concretó la rectora Carolina Scotto. Sí, todo este cuento tiene que ver con la lucha de los alumnos chilenos contra una educación selectiva. Podemos darnos cuenta de lo horrible (en el sentido de injusta) que es una sociedad como la chilena (tan alabada por los horribles nuestros), en la que si no tenés plata no tenés destino. Perdón por la desmesura: ¡que viva la Universidad Nacional de Córdoba!