El culto de la "broncemia"
A poco más de cuatro meses de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, en varias ciudades de la Argentina se ha impuesto su nombre a avenidas, calles, parques. Alberto Abecasis.
A poco más de cuatro meses de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, en varias ciudades de la Argentina se ha impuesto su nombre a avenidas, calles, parques. Hay iniciativas de hacerlo también en varias escuelas y, en su provincia natal –Santa Cruz–, se proyecta un mausoleo de grandes proporciones. Alguna nota periodística lo compara incluso con el que se recuerda a Napoleón en París. No abro juicio sobre sus merecimientos. Y no lo hago porque sería un juicio tan parcial como el que viene de los promotores de esos homenajes. Alguna vez tuvimos leyes que prohibían poner el nombre de personas vivas a los espacios públicos, y aun el de un muerto antes de que se cumplieran 10 años de su fallecimiento. Sabia disposición. La valoración serena que trae el tiempo seguramente corregirá excesos de amor o de enemistad. Dos exigencias republicanas. Pero ésa es la mitad del problema. La otra mitad es la tendencia de quienes alcanzan los altos cargos del Estado y direccionan su desempeño violando dos preceptos centrales de la República. Por un lado, la periodicidad de sus funciones, pese a la cual se esfuerzan por perpetuarse mediante los más variados recursos. Desde artilugios electorales, nepotismo y desprecio por las normas democráticas internas de sus partidos, hasta el sometimiento de instituciones para ponerlas al servicio de sus objetivos. Desde la politización partidaria de la educación, el periodismo, los medios de comunicación y el clima de respeto que merece y necesita el Poder Judicial, hasta la falsificación de la historia. La otra condición republicana es el ejercicio austero de la función pública, entendiendo que el funcionario es un servidor y que, en todos los casos, es menos importante que la institución que administra. La desmedida publicidad oficial personalizada, en la que cada cartel de obra, cada placa con la que se inaugura algo, cada edicto de una licitación lleva en grandes letras el nombre del presidente, el gobernador o el intendente; o la aparición diaria del gobernante en la televisión, para anunciar con bombos, platillos y claque de aplaudidores una medida de menor importancia o bien que sólo se cumplirá con algo que manda la ley, todo esto indica que sienten el poder como un bien personal, que los hace acreedores al bronce. Narciso Hernández, agudo observador del tema, lo catalogó como una peligrosa patología a la que llamó "broncemia" y con incisivo humor dijo que se daba en dos estadios de creciente gravedad: la "importantitis" y la "inmortalitis". Comparemos ese culto a la personalidad con uno de los mayores ejemplos de republicanismo, el del ex presidente Arturo Illia. No utilizó los fondos reservados que la ley ponía a su disposición sin necesidad de rendir cuentas. A su juicio, había una inmoralidad en ese procedimiento, que era un resabio de gobiernos absolutistas, incompatible con la ética republicana. Cuando se le señalaba que con esos dineros él podía ayudar a causas de bien público, replicaba que tal ayuda debía incorporarse al presupuesto, indicando esos destinos, que no debían ser dádivas del gobernante, lo que lo tienta a la búsqueda de complacencias y gratitudes indebidas. Este año, la presidenta Cristina Kirchner dispondrá de unos 80 mil millones de pesos en razón de los superpoderes que sus sumisos legisladores le otorgaron. Seguramente, a su despacho peregrinarán gobernadores e intendentes para lograr la dádiva antirrepublicana que les permita gobernar. Y, a la vuelta, impondrán su nombre a alguna calle o plaza. ¿En cuál de las dos etapas de la enfermedad estamos?
*Ex diputado provincial; ex intendente de La Carlota (UCR)

