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El cultivo y el espíritu

El 8 de septiembre es un día que evoca dos alimentos: la semilla que nos nutre con la planta y el alfabeto que nutre el espíritu con la transmisión del saber.

09 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
El cultivo y el espíritu

El cultivo del espíritu es vital, del mismo modo que lo es la vocación de proteger los cultivos.

Parece que el invento o descubrimiento más grande de la historia universal fue el de la agricultura, hecho por la mujer.

Se podría objetar que más importante fue un invento espiritual, el lenguaje, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo llegó a nosotros. Si se acepta que “el verbo se hizo carne”, entonces es un regalo de Dios. Pero para los pensadores que se circunscriben sólo al mundo temporal, es lo más probable que nos lo dio la naturaleza a partir del sonido.

Sea como fuere, el 8 de septiembre es un día que evoca dos alimentos: la semilla que nos nutre con la planta y el alfabeto que nutre el espíritu con la transmisión del saber. En otros términos, Día del Agricultor y Día Internacional de la Alfabetización.

Cuando el cazador recolector se hizo sedentario o, mejor, cuando el primitivo vivía en las cavernas, debió salir a procurarse los alimentos. Su accionar debía ser instantáneo: casi sin pensar, orientar su arma y obtener la presa.

La mujer, en cambio, a cargo de la recolección de los alimentos y de su selección, tenía que detenerse en la observación de los granos. Y un buen día, alguno se le cayó al suelo y germinó, lo que llamó su atención. Allí nació la agricultura.

Y pareciera que esos papeles subsisten hasta hoy en la transmisión genética: el varón observa en un escaparate un par de zapatos que le parece adecuado e ipso facto entra al negocio, lo prueba y se lo lleva. La mujer, mutatis mutandis , tarda en llegar a la elección.

En el neolítico, después de que el ser humano descubrió el cultivo itinerante, el paisaje del planeta se fue modificando radicalmente en las inmensas praderas sin matas que el campesino convierte en el sustento de la especie.

La agricultura, hija del modesto trabajo del labrador, fue el primer apoyo de la fuerza y del esplendor de las naciones.

Sin embargo, nadie puede predecir dónde estarán los agricultores al finalizar este siglo. A lo mejor, como ocurre hoy con los picapedreros, quedará un grupo de jardineros para embellecer plazas y bulevares. Todo lo demás, toda la superficie del planeta, será mar y ciudades; porque cuando el científico en su laboratorio logre aislar la fotosíntesis, ya no habrá necesidad de sembrar.

Lo que sí podemos predecir es que al menos nosotros, por fortuna, no estaremos para contemplar ese paisaje ni para ver el plato cuando un amigo que nos ha invitado a un asadito deje caer una pastilla y diga “tomate”, y otra y consigne “cebolla”.

Por otra parte, saber cómo se realiza la excitación de una neurona a otra representa un problema nada claro para la ciencia. Profundizando lo relativo a esta incógnita, y antes de un siglo, quizás el investigador reduce la alfabetización a una simple intervención quirúrgica cerebral. Es difícil hasta imaginar la forma de transmitir los conocimientos en el futuro.

Siempre queda la posibilidad de conocer mejor la mente humana para encauzar las pasiones y deseos del alma. Y, así como el agricultor hasta el presente sigue esparciendo la semilla sin la cizaña, así en la formación del individuo se perfeccionará la simiente sin la violencia y sin la desmedida ambición.

La imagen señera de los surcos en los campos sembrados de hoy, símbolos de concordia y esperanza, nos permite soñar con el hombre del futuro como ejemplar íntegro en el cual se reflejen los valores de la agricultura: rectitud, generosidad, constancia y grandeza.

*Periodista.