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El cerebro y la locura

El alienado puede razonar (sumar y restar), puede ejercer su voluntad pero hasta cierto punto y, por ende, pierde su libertad moral. Arnaldo Pérez Wat.

13 de mayo de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
El cerebro y la locura

En marzo, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, impulsó un proyecto para confeccionar un mapa completo de la actividad del cerebro humano. Se abre una esperanza para tratar el Alzheimer, el Parkinson, el autismo y, quizá, la psicosis.

Vayamos a esta última. El niño pequeño tiene la divina facultad de poder desconectarse o de cambiar la realidad ante un miedo intenso cuya causa aún no puede comprender. Es lo que le permite seguir viviendo: llora porque se siente solo cuando su madre lo deja de improviso para atender la puerta. Pero a los 15 o 20 minutos se tranquiliza y se calla.

Ha cambiado esa realidad (el abandono) para poder subsistir. Sin embargo, al comenzar la adolescencia dicha facultad privilegiada va desapareciendo, aunque todavía queda un eco de fantasía que lo protege. Cuando llega a adulto, dicho recurso desaparece.

Ahora, ante una desgracia inmensa o terror irremediable, antes de sucumbir, la naturaleza le permite también cambiar la realidad para que no muera, pero el precio es muy caro. Le ofrece otra vida donde la desconexión es distinta, pues se separa la conciencia subjetiva de la objetiva, vale decir que enloquece. La vida continúa porque ve las cosas de otra manera.

Ejemplo: la madre que no permite que le lleven al bebé que acaba de morir, no abandona su rutina, acuna el cadáver, le prepara la mamadera y su ropita, le entona una canción... Ha borrado un detalle (menudo detalle) de la realidad; lo demás sigue igual para ella.

Recién en 1793, un médico francés, Philippe Pinel, comenzó a proclamar que “los locos podrían mejorar quitándoles las cadenas y dándoles libertad y aire libre”. Consiguió sacar a uno que llevaba 40 años en una oscura celda y creó el primer tratamiento científico de curación. Su prédica se extendió por todo el mundo y comenzó la atención de estas criaturas que a fin de cuentas también eran seres humanos.

Hoy, de vez en cuando, frente a las noticias y fotos de los medios en torno de establecimientos para alienados, parece que nos remontamos a aquellas épocas en que se los consideraba como endemoniados.

Además de “manicomio”, que estridente suena en las crónicas, el término “geriátrico” se oye más seguido en las familias debido a nuestra falta de solidaridad con aquel hermano nuestro signado por el destino genético o por la desgracia a ser confinado en un cuarto donde el horizonte nunca aparece.

El alienado puede razonar (sumar y restar), puede ejercer su voluntad pero hasta cierto punto y, por ende, pierde su libertad moral. Obvio, sin voluntad, sin libre albedrío, no hay libertad.

Se trata de un hombre que sueña con los ojos abiertos, sueño permanente, interminable, donde la voluntad no puede tampoco convocar las otras facultades ni disponer sobre las impresiones que recibe. No es responsable de lo que hace. Pero si bien la desconexión de la realidad lo exime de lo que percibe o de lo que lo abruma, no por ello lo exime del sufrimiento.

Por todo esto, acudir en su auxilio constituye una tarea que redime al género humano. Y el médico que ama su profesión y que se dedica a esos espíritus halla en ellos verdaderos tesoros y experimenta la satisfacción de hacer algo en la vida. Porque, entre luces y sombras, descubre, en aquella alma desarticulada, un tesoro de humanidad. Porque entre mil nebulosas y significados, en ese fluir de imágenes, a veces aparentemente contradictorias, puede atisbar alguna creación valiosa para el arte; o un mensaje de amor para los afectos que parecían ya borrados en sus sentimientos.

*Periodista.