El Carbó y su aporte histórico a la inclusión social
Desde su nacimiento, la Escuela Alejandro Carbó logró integrar, según los patrones de cada época, a vastos sectores sociales. Diego Cruz García y José Luis Lázaro.
Desde su nacimiento, la Escuela Alejandro Carbó logró integrar, según los patrones de cada época, a vastos sectores sociales. A fines del siglo 19, la escuela pública en la Argentina se convirtió en agente de transformación de la estructura social y actuó como un canal de movilidad ascendente. La educación funcionó como trampolín que permitió a distintos sectores y grupos sociales adquirir puestos de trabajo mejor calificados en relación con las generaciones anteriores. Las credenciales adquiridas por la participación en este sistema facilitaron el acceso a posiciones de mayor prestigio y responsabilidad en la estructura ocupacional, con el consecuente logro de mejores salarios. Ya a mediados del siglo 20, una masiva escolarización en todos los niveles produjo la creciente profesionalización de los empleos y se vieron acortadas las brechas culturales y económicas. Sin embargo, el último cuarto de siglo asistió a una pauperización de las políticas educativas, acompañadas por el aumento de la pobreza y la desocupación, que implicó un retroceso en la alfabetización y la formación profesional respecto de años anteriores y sorprende con alarmantes niveles de deserción escolar y marginalidad cultural.El legado histórico del Carbó lo constituye, además de su condición formadora de docentes, la capacidad de unificar los diversos estratos sociales. Los alumnos provienen hasta de los barrios más carenciados y periféricos. Se les da así la posibilidad de asimilar otro paisaje a su cotidianeidad, al tiempo que se los prepara para una interacción diferente de la de sus lugares de origen, donde con frecuencia las condiciones para el desarrollo y la realización personal son por completo desfavorables. Y esto es parte de lo que llamamos inclusión social. La importancia del entorno. El sistema educativo atraviesa un momento coyuntural que requiere repensarlo desde un escenario que propicie la construcción de nuevas estrategias de enseñanza, capaces de actualizar las formas de vinculación entre los principales actores educativos con la sociedad, interpelada en la responsabilidad que le compete en la defensa de la educación pública. Es necesario, entonces, focalizar los esfuerzos hacia políticas que partan de la idea que erige a la escuela como uno de los dispositivos más importantes del Estado para lograr cohesión social. El trabajo de incorporación de alumnos en las instituciones de manera integrada e inclusiva debe realizarse en un marco que los incentive a recorrer los espacios, circular en ellos y sentirse parte de una comunidad que los contenga. Debe ser un proceso basado en la empatía, tanto en las relaciones entre pares como entre alumnos, docentes y autoridades. Aquí es donde cobra importancia el entorno, que se refiere al contexto físico en el que se dan las interacciones. No caben dudas acerca de la influencia que ejercen los diferentes contextos posibles, en este caso los edificios escolares, en los complejos procesos de intercambio que devienen en la formación de los niños y adolescentes, tanto en su aspecto académico como en el emocional. Por ello, rescatar un edificio escolar como el del Carbó es de suma importancia, porque refleja en su magnificencia el estatus otorgado a la educación en otros tiempos. Una restauración que ponga en valor cada detalle, devolviéndole su espíritu original y su plena funcionalidad puede ser la vía adecuada para lograr cautivar el espíritu de quienes allí concurren. Estandarte de un anhelo. Pensar en la formación integral en un ambiente de esas características implica necesariamente readecuar las interacciones dentro de la propia escuela, poniendo énfasis en la valoración del entorno y la transmisión de normas de convivencia en una sociedad en la que parece reinar la anomia, ante la débil –cuando no dudosa– legitimidad de las acciones institucionales. El aprendizaje de estas normas trasciende el ejido de la escuela y se radica en el entramado social. Si el Carbó es restaurado y puesto en valor, volverá a ser el estandarte de un anhelo, de un deseo de superación alcanzable en él a través del aprendizaje, de la apropiación de conocimientos y el desarrollo del espíritu crítico. Será su edificio –aún lo es– un lugar para admirar, un recinto que genere orgullo entre quienes tengan la posibilidad de formarse en él, abriéndole el paso a la inclusión, respetando las diferencias y derrotando las desigualdades, condiciones sine qua non de un verdadero sistema democrático.
*Red Nacional de Escuelas Normales

