¿Qué lleva a una sociedad a convivir livianamente con la corrupción? ¿A votar por candidatos impregnados de corrupción? ¿A aplaudir el éxito generado en la corrupción?
Hay varias respuestas a estas preguntas.
Que la corrupción argentina es histórica y viene de la época de la Colonia. Que es inmodificable. Que estamos condenados a convivir con ella.
La segunda explicación pasa por el paradigma del “roba pero hace” que instaló el menemismo y luego desarrolló el kirchnerismo.
Una tercera explicación es la de decir que hay una “corrupción buena y una mala”. La " buena” se justifica porque ella sirve para financiar la lucha contra el neoliberalismo.
Estas tres explicaciones, además de ser falsas e inmorales, revelan que nuestra sociedad está enferma.
Extraño enamoramiento
El argentino no se reconoce como víctima de la corrupción. Y aquí aparece el síndrome de Estocolmo, una categoría de la psicología social que traduce una especie de enamoramiento entre víctimas y victimarios.
Es Andrés Gil Domínguez quien me sugirió esta idea.
El punto central del síndrome de Estocolmo está dado por el rechazo de la víctima a sentirse víctima. De allí que trabe una relación de amor o de amistad íntima con su victimario. Esta es la explicación que creo más racional para entender el vínculo de convivencia amable que existe entre la sociedad Argentina y la corrupción.
El argentino prefiere sentirse partícipe de luchas heroicas antes que reconocerse como víctima de la corrupción.
Esta negación de la condición de víctima implica desconocer hechos históricos de enorme dolor para nuestra sociedad. Porque la corrupción en Argentina, y en general en todos los países de América latina y el Caribe, no es ni un pecado religioso ni un simple delito penal.
La corrupción en nuestro país funciona como un modelo de construcción de poder político, económico y sindical, con impunidad garantizada por la Justicia y con un fuerte aval social.
Más allá de la grieta
Este modelo de poder político, económico y sindical atraviesa la democracia y está por encima de la grieta. Es un modelo de construcción de poder que le ha servido muy bien al neoliberalismo de Carlos Menem y de Mauricio Macri, y al populismo de Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y Alberto Fernández.
Es un modelo de poder que ha generado desastrosas consecuencias económicas y sociales en el país.
De ser el país con mayor producto interno bruto (PIB) per capita en la región en la década de 1980 pasamos a ser el tercero.
En la década de 1980 teníamos una pobreza del 8%; hoy es del 42%. Somos los campeones mundiales de inflación, con tres hiperinflaciones en los últimos 40 años.
Estos fracasos enormes no son consecuencia sólo de incompetentes gobernantes. Son consecuencias inevitables de un modelo de acumulación de poder basado en la corrupción. Los únicos ganadores de ese sistema de poder son quienes lograron posiciones de poder político, económico y sindical. Esta es la realidad objetiva de lo que pasó en nuestro país en los últimos 37 años.
La grieta es un disfraz que oculta esta realidad. El síndrome de Estocolmo en Argentina significa la enferma creencia de que los corruptos pueden salvarnos como sociedad. Y ello es técnicamente imposible. Es la sociedad la que se tiene que revelar. Y lo primero es reconocerse como víctima de la corrupción. Víctima en términos de ser la que paga los costos de la corrupción en términos de pobreza, inflación y nulo crecimiento económico.
Por eso viene bien instalar el tema del síndrome de Estocolmo y vincularlo a la liviana convivencia del argentino con la corrupción.
Sigue en pandemia
Aunque parezca increíble, la corrupción avanza con la pandemia. Los controles estatales se debilitan porque los gobiernos necesitan medidas urgentes. En mayo de 2020, el Cyrus Vance Center alertaba sobre los avance de la corrupción en el continente americano durante la pandemia.
Las leyes son reemplazadas por decretos de necesidad y urgencia (DNU). Y las licitaciones públicas, por contrataciones directas.
Una red de periodistas llamada “El Ruido” publicó en La Voz, en abril de este año, datos que generan pánico. Según este informe, una ambulancia con equipamientos médicos es comprada por Córdoba, Catamarca y Entre Ríos en la suma de 4,3 millones de pesos. La misma ambulancia es pagada por la Provincia de Buenos Aires en 13,6 millones de pesos.
Cuesta mucho entender a esa parte de la sociedad argentina que justifica la corrupción cuando proviene de un gobierno progresista. No hay progresismo con alta corrupción.
La resolución 1/18 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos declara que la corrupción es una violación abierta a los derechos humanos en América. Así debemos considerarla en nuestro país.
* Expresidente de la Comisión de Legislación Penal de Diputados de la Nación

