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El aporte de la Iglesia Metodista

El próximo domingo celebramos 175 años en la Argentina, donde, durante la última dictadura, dimos claro testimonio en defensa de la vida. Pastor Frank de Nully Brown.

19 de agosto de 2011 a las 12:01 a. m.
Pastor Frank de Nully Brown (Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista)
El aporte de la Iglesia Metodista

La Iglesia Metodista, que nace en Inglaterra en el siglo XVIII como un movimiento de renovación dentro de la Iglesia Anglicana, estuvo desde sus comienzos comprometida con la lucha por la dignidad de las personas, el trabajo en favor de la justicia social y distributiva, la igualdad de oportunidades y la vida plena y abundante, tal como la describen los textos bíblicos. Desde los comienzos, sus predicadores se mezclaron con los mineros y los trabajadores de la incipiente Revolución Industrial, bregaron por la educación en las escuelas dominicales, lucharon por el fin de la esclavitud y defendieron la libertad de expresión y de conciencia en épocas en las que las diferencias sociales y la superioridad racial y de clase de unos sobre otros estaban desnaturalizadas y hasta justificadas por alguna lectura irracional de la Biblia. El próximo domingo celebramos 175 años de presencia en la Argentina, donde, además de una fuerte influencia en la educación y en la cultura, en la última dictadura militar, nuestra Iglesia dio un claro testimonio de Jesucristo en defensa de la vida y de los derechos humanos. Conformó, con otras organizaciones, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (Medh), el Centro de Atención al Refugiado (Caref), entre otros, y participó de manera activa en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). El espíritu y la ética. La contribución del metodismo estuvo en crear –en el área de su pequeña influencia– una mentalidad y práctica social alternativa a la política tradicional, personalista y autoritaria, que identificó al catolicismo integral, a la vez que favoreció el diseño de un modelo político moderno a través de la extensión de sus redes asociativas. Entre 1867 y 1900, el metodismo fue, ante todo, un intento de reforma de la sensibilidad, una especie de reforma del espíritu y la ética civil, pero a la vez una reforma de las mentalidades, al favorecer un programa democrático. Hacia 1900, las nuevas generaciones sacaron a relucir un elemento característico de la identidad que los primeros misioneros habían comenzado a moldear 30 años atrás. Ni bien entrado el siglo 20, en el seno del metodismo aparecieron movimientos proclives a la construcción de un nuevo proyecto reformista, democrático y progresista. Frente a las acusaciones que el catolicismo profería a sus sociedades, en el sentido de que éstas constituían sectas heréticas del imperialismo angloamericano, los metodistas hicieron los esfuerzos que estuvieron a su alcance para no sólo negar esa condición, afirmando su independencia y su carácter de Iglesia libre, sino que, además, se preocuparon por no constituirse en asociaciones cerradas, proclives al exclusivismo. Si bien sus congregaciones fueron espacios capaces de crear toda una subcultura disidente, sus miembros no eran instados a aislarse y dejar de prestar servicios benéficos en otras redes extraeclesiásticas. En esa dirección, la militancia metodista continuó participando en otras asociaciones liberales, sociedades estudiantiles y educativas y ligas templarias, manteniendo siempre una relación creativa con la cultura liberal. La persistente participación del metodismo en los procesos sociopolíticos contribuyó a construir un imaginario común con otros militantes del campo social, en el que era posible pensar en una identidad nacional autónoma y antagónica del modelo de identidad nacional propuesto por el catolicismo y el conservadurismo político.