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Educar y tolerar

Siempre es saludable comenzar el año nuevo con ilusiones y para ello es imprescindible proponerse metas y empeñar todo el esfuerzo para alcanzarlas, por difíciles o utópicas que parezcan.

24 de diciembre de 2013 a las 12:06 p. m.
Fernando Barrutia*
Educar y tolerar

Educar es crecer y sólo se crece bien con sólidos cimientos y una buena alimentación. Los cimientos son los valores que inculcamos a nuestros hijos y la alimentación es el ejemplo cotidiano que les debemos dar.

Los cambios educativos implican reformas en lo más profundo de nuestro ser; por lo tanto, sus resultados son progresivos y a muy largo plazo (quizá, como mínimo, pueden llevar una generación), pero mientras más temprano empecemos, antes llegaremos a la meta que nos propongamos.

El gran interrogante es: ¿qué gobernante se atreverá a realizar reformas de fondo y tan prolongadas en el tiempo para cosechar su fruto, y cuyo rédito político no se verá en forma inmediata? El político que esté dispuesto a dar la respuesta nos enseñará cual es la diferencia entre un simple administrador y un estadista.

Esperanza y optimismo

Aunque la vorágine de problemas en que vivimos inmersos día tras día genera la acumulación de densa niebla en el recorrido de la ruta de la vida, no perdamos el rumbo y saquemos fuerza de nuestro interior a través de dos motores fundamentales en nuestra marcha: la esperanza y el optimismo.

No permitamos que los acontecimientos que nos están agobiando en nuestro país nos cambien nuestra forma de ser, de pensar y hasta nuestros hábitos de vida.

Busquemos el sentido de la vida y encontraremos la vida con sentido; sin doble sentido, de mano única, sin caminos alternativos, sin atajos. El fin no justifica los medios.

Siempre es saludable comenzar el año nuevo con ilusiones y para ello es imprescindible proponerse metas y empeñar todo el esfuerzo para alcanzarlas, por difíciles o utópicas que parezcan.

Lo posible ya está hecho; lo aparentemente imposible siempre está latente y esperando que el sacrificio, la tenacidad y la perseverancia lo concreten, convirtiéndolo en una realidad visible y palpable. Si queremos crecer en el más amplio y profundo sentido de la palabra, debemos aprender a valorar.

Si no valoramos las leyes y la Constitución y no las respetamos, corremos el riesgo de perderlas y, lo que es más grave aun, la democracia misma tambalea. Porque no valoramos y, por ende, no respetamos a los que viven o piensan distinto, existen el odio, el resentimiento y la intolerancia.

Lo bueno y lo malo

Debemos aprender a valorar y defender el bien más preciado que tiene el ser humano, que es la libertad. Y la libertad no se pierde únicamente estando en la cárcel sino que también se pierde de a poco, cuando tenemos miedo y debemos cambiar nuestros hábitos de vida por la ola de inseguridad que nos azota y atormenta.

En todo drama siempre sale a relucir lo bueno y lo malo del ser humano: por un lado, la solidaridad; por el otro, los saqueos. Contribuyamos entre todos a que prime la solidaridad, no el saqueo; el trabajo, no la especulación; la honestidad, no la corrupción. Y todo esto se logra con un fuerte compromiso para alcanzar en verdadero fin de la política que es el “bienestar general” o “bien común”, y el camino más directo es a través de la educación.

Para alcanzar metas importantes y trascendentes hay que seguir las enseñanzas de Platón cuando decía: “Lo más importante de cada tarea es el comienzo”.

“Los problemas no se resuelven con la misma mentalidad con la que se crearon”, aseveraba Albert Einstein. La política es el arte de lo posible, sin embargo últimamente algunos políticos y dirigentes parecen empecinados en querer desvirtuar esta definición acuñada hace siglos, convirtiendo a la política en el arte de lo imposible.

Si Argentina fuera una gran escuela, en nuestra convivencia cotidiana, la maestra nos pondría un cero en tolerancia. Que Dios, el papa Francisco y el espíritu de Mandela nos iluminen.

*Abogado, director de la revista “Nosotros y la realidad”, de la ciudad de Villa Allende