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Una negación inadmisible

La negativa del gobierno turco a reconocer el Genocidio Armenio con argumentos débiles desde el punto de vista histórico y filosófico no resiste el peso de un millón y medio de víctimas.

18 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
Una negación inadmisible

Los cruces entre Turquía y el Vaticano en los últimos días han puesto de nuevo sobre el tapete la cuestión no cerrada del Genocidio Armenio, que se conmemora cada 24 de abril. Es considerado el primer crimen masivo perpetrado contra una etnia en el curso del siglo 20.

Las referencias del papa Francisco a este tema precipitaron una reacción durísima del gobierno de Tayyip Erdogan, que a la vez sufrió una nueva muestra del aislamiento en que se encuentra hoy.Vale recordar que el Parlamento europeo instó a Turquía a reconocer su responsabilidad histórica, lo que ratifica la imposibilidad para el país otomano de concretar su aspiración de ingresar a ese espacio común.

Pero más allá de la admisión de responsabilidades a la que sucesivas gestiones turcas se negaron de forma sistemática, el asunto se enmarca en el deterioro de las relaciones de Turquía con Occidente, pese a su condición de socio de la Otan, tan útil en otros tiempos.

Hoy, sin posibilidades de acceso a la Unión Europea y escasa de pergaminos en su rol de gendarme de la región –con fracasos en Siria y ante Israel–, Ankara trata de girar hacia Asia Central, buscando en Rusia a un nuevo socio. Pero sus carencias saltan a la vista.

En pocos años, el país ha perdido su condición de musulmán de raíz liberal, y ha dado crecientes muestras de un integrismo que horrorizaría a los Jóvenes Turcos que crearon un Estado moderno sin reparar en el número de víctimas. Bien podría alegarse que Erdogan carece de margen para afrontar otro conflicto, como sería la cuestión armenia.

Hay en todo ello una matriz racional, si bien se lo mira: el temor turco a abrir una puerta que conduciría al debate sobre compensaciones y reclamos territoriales. Para 1915, la población armenia estaba ampliamente distribuida en Turquía, tanto como para que se la viera como una amenaza a la integridad territorial, a partir de los fuertes sentimientos nacionalistas de la comunidad, y ese temor no ha cesado. Pero ningún argumento resiste el peso de un millón y medio de víctimas.

Quizá allí reside la mayor debilidad del gobierno turco: insistir en la discusión del número de víctimas, como si el medio millón reconocido pudiera minimizar la importancia de la cuestión. O alegar que en el mismo proceso murieron, aparte de los armenios, ciudadanos asirios, griegos pónticos y serbios, como un reconocimiento tácito de que no se quiso terminar con algunos en particular, sino con todos.

Bien entrados en el siglo 21, ya no quedan argumentos válidos para seguir negando la primera masacre étnica del siglo pasado. Deberíamos ser conscientes de que en esta sensible materia, la persistencia de la negación habilita las repeticiones de la historia.