Un mensaje para todos
La reciente alocución del papa Francisco a los dignatarios y miembros de la Iglesia Católica bien puede ser entendida como un mensaje a la dirigencia en general y a las sociedades para construir un mundo mejor.
El reciente mensaje del papa Francisco destinado a los dignatarios de la Iglesia Católica bien puede ser extendido y aplicado a la dirigencia de todo orden y a los integrantes de las diferentes sociedades. El jefe de la grey católica adquirió durante este año un papel clave en el intento de que el mundo recupere valores básicos y que los conflictos puedan ser resueltos a través del diálogo. La construcción de un orden más justo, que se manifiesta a través de los gestos del papa Francisco, estuvo presente en la Jornada Mundial de la Juventud, en Brasil; en el viaje a Medio Oriente, y en la intervención para acercar definitivamente a Estados Unidos y Cuba.Esos gestos y valores no sólo deberían ser asumidos por dirigentes y ciudadanos comunes, sino que constituyen una clara interpelación a lo que sucede en la Argentina, donde al cabo de otro año se profundizó la división entre el partido gobernante y numerosos sectores políticos, empresarios y sociales.La prepotencia, la intolerancia y el totalitarismo son parte del debe de numerosas agrupaciones y personalidades públicas, pero –lo que es más grave– da forma, por momentos, al ideario bajo el cual se cobijan las decisiones y actitudes del Gobierno nacional y sus representantes en el Congreso, la Justicia y organizaciones sociales afines.Recordó el Papa a obispos y jefes de la Iglesia Católica que "el poder es servicio" y no la búsqueda del poder mismo para influir en la política o en los negocios personales o de grupo. Al respecto, explicó que "una de las principales enfermedades y tentaciones (del poder) es la de sentirse inmortales, inmunes o incluso indispensables, descuidando los necesarios y habituales controles; y mostrar un corazón de piedra y el cuello duro, (adoptando) el Alzheimer espiritual, la esquizofrenia existencial, el terrorismo de los chimentos".Al mencionar otra de las "enfermedades" que amenazan a los dirigentes, señaló la de "divinizar a los jefes, de los que hacen la corte a los superiores para obtener la benevolencia, víctimas del oportunismo", y la de "la indiferencia hacia los otros, cuando cada uno piensa sólo en sí mismo".Es cierto que Francisco no habla de cosas nuevas, pero su gran mérito es rescatar a la persona en un mundo que corre detrás de objetivos incomprensibles, hiperconectado pero con sus integrantes aislados entre sí, y violento en sus manifestaciones. Tales males forman parte también de las enfermedades cotidianas que padece la sociedad argentina.Es por ello que, junto a los deseos de felicidad y buenos augurios que se pronuncian casi mecánicamente para estas fiestas, la dirigencia y la sociedad argentina deberían asumir las palabras del Papa, para que el compromiso de trabajar y luchar por una Argentina más justa y solidaria comience a ser una realidad.

