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Sin honor ni gratitud

La guerra contra Irak, que se arrastró casi dos décadas, dejó una horrenda estela de destrucción y muerte y excavó a mayor profundidad la brecha entre Estados Unidos y los países árabes.

01 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Sin honor ni gratitud

Aunque hubiese obtenido una victoria completa en Irak, el retiro de Estados Unidos de ese país, comenzado ayer, jamás hubiese estado nimbado de gloria. No debe olvidarse que la criminal decisión del ex presidente George W. Bush y su entorno de halcones de lanzar una nueva guerra de agresión fue precedida por uno de los embargos internacionales más duros que recuerde la historia.

Ni siquiera Alemania, que despeñó a la humanidad en el drama del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, fue sometida a sanciones económicas de tan extrema dureza. Hasta el acceso al agua potable le fue cercenado a los iraquíes, porque las devastaciones de la primera Guerra del Golfo (2 de agosto de 1990/28 de febrero de 1991) se extendieron a las redes de distribución, que nunca fueron totalmente reconstruidas, y porque se restringió la importación de los elementos de depuración. En total, perecieron más de un millón de personas durante el embargo, en su mayoría por hambre: durante más de 10 años, sólo se permitió una dieta de supervivencia de 1.200 calorías diarias y hasta se prohibió el ingreso de medicamentos antioncológicos y de vacunas básicas para las enfermedades infantiles.

Las ciudades fueron sometidas a intensos bombardeos, con un tonelaje que superó ocho veces la capacidad destructiva de la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima, lo que transformó a Amiriya y Fallujah en las Guernica de la segunda posguerra, por el exterminio de su población y su demolición. Mientras tanto, Federico Trillo, a la sazón ministro de Defensa de España, país que junto a los Estados Unidos y Gran Bretaña encabezó la coalición agresora, se permitió afirmar que "el ruido de los tanques es el ruido del Estado democrático". No puede concebirse mayor perversión del espíritu democrático.

George W. Bush sumó un enorme aporte al martirio de la nación árabe. Su grupo de halcones tuvo al menos el inesperado gesto de honestidad de reconocer que uno de los objetivos de la segunda Guerra del Golfo era hacer descender el precio del barril de petróleo a 10 dólares (llegó a 200 y ahora se estabilizó en torno de los 71 dólares).

Destruyeron, es verdad, una terrible dictadura, pero al precio de crear las condiciones para atomizar el país, porque alentaron el separatismo de la minoría kurda (lo que ha valido a Estados Unidos el airado distanciamiento de Siria y de Turquía, que tienen graves problemas con sus propias minorías kurdas) y estimularon, hasta encender los fuegos de una cruda guerra civil, el secular enfrentamiento de musulmanes chiítas y sunnitas.

Comenzó la retirada de Irak de los soldados y equipos bélicos de Estados Unidos, sin gloria ni honor. Ningún imperialismo se retira en el esplendor de la victoria y la gratitud de los vencidos, simplemente porque en sí mismo lleva las tinieblas de su ocaso.