Pérdida de valores y jerarquías
La reciente agresión a un docente en Mendoza y las palizas recibidas por árbitros del fútbol amateur son episodios que evidencian la pérdida de las más elementales normas de convivencia.
De vez en cuando, el apacible mundo de las instituciones escolares se ve sacudido por un episodio de violencia que las saca de su función específica y pone en tela de juicio hasta su propia naturaleza y existencia. Días atrás, la noticia de un profesor apaleado a mansalva conmovió no sólo al ámbito educativo sino a la sociedad toda. El hecho sucedió en Mendoza, donde Rubén Ferreira, docente de Ciencias de la Educación en el Instituto de Educación Superior Docente y Técnica de la ciudad de San Martín fue atacado con un caño de gas.Pudo haber sido en cualquier lugar del país. Las investigaciones siguen su curso, pero, según las primeras versiones, el propio agresor le manifestó que lo atacaba porque había "bochado" a su hija en un examen. Es un caso de violencia extrema bastante infrecuente, que pone de manifiesto un fenómeno verificable en otros indicadores, quizá menos espectaculares que el caso que nos ocupa, que tienen que ver con la pérdida de valores y la falta de respeto por las jerarquías y las autoridades.Los tiempos en que era el alumno el que temía el reto o la sanción de los padres por un aplazo terminaron y ahora es el docente el que teme la agresión del alumno o del padre. ¿Dónde reside la clave de este quiebre de principios elementales e imprescindibles para mantener el orden básico en el que deben desarrollarse las actividades educativas?El respeto al docente comienza a perdérselo no sólo a partir de la escasa consideración social que merece su tarea, pese a los más elocuentes –e hipócritas– discursos, sino también en el seno del hogar. Allí, las críticas suelen ser feroces y muchos padres se transforman en cómplices de sus hijos, en lugar de ser los primeros en reforzar la autoridad del docente.Una locura que forma parte de la desconsideración ciudadana imperante y que no se limita al campo educativo. Basta ver lo que ocurre en las canchas de fútbol, donde cada fallo del árbitro provoca un tumulto o una protesta del infractor. Sucede en ambientes profesionalizados, pero –a veces– es peor en el fútbol amateur, donde no hay cámaras y las reglas son más laxas. Hay episodios recientes que lo demuestran. Por ejemplo, en la Liga Sanrafaelina, también en Mendoza, un árbitro recibió una tremenda paliza de un jugador al que instantes antes había expulsado de la cancha. Y en Salta, un referí debió ser hospitalizado por los golpes recibidos tras cobrar un penal en contra del equipo local.En éstos y otros episodios que ocurren a diario, subyace la falta de comprensión de las más elementales normas que impone la convivencia en una sociedad que debe dar garantías, es cierto, para ejercer derechos, pero también establecer claras obligaciones que, en general, nacen precisamente allí donde comienza el derecho de los demás.

