No son palabras al viento
A veces, a las palabras se las lleva el viento, pero en otras ocasiones vienen cargadas de resentimiento y odio. Por ello, es preciso parar la violencia verbal y las agresiones físicas.
El clima de crispación, violencia verbal y hasta agresiones físicas que se está instalando en el país, propalado en especial desde la sede de las autoridades del Gobierno nacional, resulta francamente peligroso; no tanto por lo que ha sucedido hasta ahora, sino por lo que puede suceder de aquí en más.
Los recientes incidentes protagonizados por patoteros en la Feria del Libro de Buenos Aires; "escraches" anónimos a periodistas y políticos; juicios populares a comunicadores; "aprietes" a jueces o funcionarios públicos y muchos hechos de parecida naturaleza conspiran contra la convivencia civilizada y sugieren que la Argentina, como país y como sociedad, está ingresando en un estadio de confrontación interna que conspira contra la seguridad de las personas y daña gravemente al orden jurídico y la armonía social.
Y si bien la responsabilidad de una convivencia respetuosa del disenso es de todos -del Gobierno y la oposición, de los empresarios y los sindicalistas, de los ciudadanos-, quienes más deben velar por la tranquilidad pública son los funcionarios, los ministros, los gobernantes. Ellos deben dar los buenos ejemplos y contribuir a la paz con sus palabras y sus actitudes.
No es lo que hace precisamente el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, quien vocifera casi todos los días contra políticos de la oposición, empresarios y hasta jueces. Y lo hace en un tono desmedido y muchas veces grosero, provocador, insultante y mal hablado.
En el Museo de la Tolerancia de Los Ángeles se exhibe una pirámide del odio que conviene repasar: comienza con actitudes y actos prejuiciosos, pasa luego a la discriminación, para llegar a la violencia física contra personas o bienes.
Aníbal Fernández dijo de la segunda autoridad del país -el vicepresidente Julio Cobos- que el único atentado que puede haber contra él "es que lo pise la máquina de pisar traidores". ¿No es éste un llamado a la agresión? Y va por más: acusó al diputado opositor Fernando "Pino" Solanas de "garca", "bienudo que la va de peronista", "cliente de la izquierda perfumada".
Un barrabrava de un club de barrio sería más académico, moderado y cauto que el jefe de Gabinete. Quien de acuerdo a la Constitución es una especie de primer ministro, debería tener otro lenguaje y otra actitud. Solanas le respondió a Fernández que lo hacía responsable por su seguridad y recordó que tiempo atrás recibió balazos en las piernas durante una campaña electoral.
Dicen que a las palabras se las lleva el viento, lo que a veces es cierto; pero en otras ocasiones éstas se convierten en puñetazos virtuales o en semillas de resentimiento y odio. No hay que jugar, entonces, con las palabras. Y menos, los funcionarios públicos. Es preferible que todos se llamen a silencio y paren esta convocatoria a la violencia y la agresión. Los 200 años del primer grito de libertad reclaman, al menos, ese gesto.

