No es tiempo de autocomplacencia
Más urgente es recorrer los años perdidos para identificar qué hicimos mal que terminamos expulsando lo mejor de nuestro patrimonio: la juventud.
E n 1910, Argentina era la séptima potencia económica del mundo. Era uno de los mayores crisoles de razas del planeta, un hogar generoso en paz, trabajo y pan para millones de desamparados. Era la nación del progreso que jamás se detendría. Todos los sueños y sacrificios de los hombres de Mayo de 1810 se diseminaron, con sangre argentina y hermandad sudamericana, desde Chacabuco y Maipú hasta Ayacucho.
Argentina, milagro y espejo de América, parecía ser impulsada por el aliento de los dioses. Y el cielo era el límite. Los ganados y las mieses comenzaron a multiplicarse en una tierra de feracidad bíblica, y esa prodigiosa generosidad de los dones nos llevó a la certeza, que en cierto modo aún perdura, de que cualquier problema podía ser solucionado "con una o dos cosechas". Quedaba una gran obra por realizar: la forja de un genuino sistema democrático, que comenzó a cristalizar, seis años después del Primer Centenario, con las primeras elecciones en las cuales la ciudadanía pudo ejercer el derecho constitucional de elegir y ser elegido.
Pero en el segundo siglo de libertad, los argentinos extraviamos el rumbo. Esa desorientación quedó expresada en lo imprevisible y contradictorio de la política exterior -que es como decir de nuestra inserción en el mundo-, la gradual crisis de representatividad de los partidos políticos, la vulnerabilidad de un modelo de crecimiento que no supo aprovechar las enormes ventajas económicas de la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial, y la creciente e injusta distribución del ingreso.
La gran crisis financiera de 1929 puso al país de frente a su realidad, y en la decepción llegó a ver como un milagroso salvataje la adscripción al imperio británico. Si fuimos la admiración del mundo, éramos ahora su insondable misterio.
Del modelo quebrado de la Generación de 1880 sólo nos quedó un fementido sentido de superioridad, una de las primeras y más profundas piedras basales de nuestro actual aislamiento. Nuestra posición en la Segunda Guerra Mundial, donde nos decantamos por un autoritarismo de cuño fascista, nos aisló aún más. La democracia había ingresado en el inventario de los sueños perdidos. Nos embarcamos en un ominoso experimento de autoritarismo populista que, andando los años, fue, a su vez, piedra basal de una sociedad escindida que aún no consigue reunificarse para retomar un rumbo que en Mayo de 1910 se creyó inmutable. Llegamos penosamente al umbral del Segundo Centenario dilapidando décadas en irracionales experimentos económicos y en regresivos proyectos personalistas.
No hay tiempo para discursos autocomplacientes. Más urgente es recorrer los años perdidos para identificar, sin concesiones, qué hicimos mal en este país del futuro que terminó siendo un país aislado que margina y expulsa a lo más precioso de su patrimonio: su juventud.

