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Los ciudadanos y las encuestas

Los errores cada vez más frecuentes en los pronósticos de las encuestas de intención de voto exponen la reticencia de la sociedad a revelar sus preferencias políticas, aun de manera anónima.

15 de septiembre de 2022 a las 12:01 a. m.
Los ciudadanos y las encuestas
Elecciones en Marcos Juárez. Sara Majorel, junto a Pedro Dellarossa. (La Voz)

Las elecciones municipales de Marcos Juárez volvieron a poner en primer plano las críticas a las encuestas que se difunden durante las campañas electorales. A pesar de que las consultoras habían pronosticado el triunfo de la oposición o a lo sumo un “empate técnico”, el oficialista Juntos por el Cambio se impuso por una diferencia de 17 puntos.

La duda que surgió fue respecto de una supuesta operación política. En esa sospecha, el peronismo local aparecería como el responsable de difundir números falsos para generar una sensación de triunfo. Como se supone que en los días previos a la elección una fracción de los votantes indecisos se vuelca hacia la fórmula que se percibe como ganadora, decir que alguien va a ganar ayudaría a definir unos cuantos votos más.

Es muy difícil medir el verdadero impacto en los resultados de esa “tendencia ganadora” cuando se estima que opera una mera inercia informativa y no una “ola positiva” a favor de cierto candidato. Pero, además, la particularidad de Marcos Juárez es que las dos principales coaliciones tenían datos similares. En otras palabras, no hubo “guerra de encuestas” entre las candidatas, donde una acusara a la otra de difundir estudios falsos. Por lo tanto, habría que descartar una operación de campaña.

De hecho, durante la tarde del domingo, las llamadas “encuestas a boca de urna”, que preguntan a los electores su decisión después de haber votado, no mostraron un ganador porque las opiniones recabadas marcaban a los analistas un “empate técnico”.

En consecuencia, las encuestas, que se han vuelto un insumo vital no sólo para las campañas electorales sino también para definir candidatos y hasta para ajustar el rumbo de una gestión de gobierno, desorientaron por igual a quienes competían.

Uno de los encuestadores que más trabajó en Marcos Juárez esbozó una reflexión interesante. Sostuvo que la gente se muestra “propensa a no exponer lo que hace o lo que siente”.

En un sentido, su afirmación se deriva del alto porcentaje de rechazo a participar en las encuestas por parte de los ciudadanos. Hoy, la mayoría de las personas no responden formularios online; no son pocas las que se niegan a la entrevista presencial, y están quienes tampoco admiten la consulta telefónica. Si la gente no colabora, el investigador no tiene la mínima cantidad de opiniones que necesita, recogidas por un mismo método, para hacer sus proyecciones.

En otro sentido, el rechazo al encuestador puede vincularse con una desconfianza sobre el secreto y el anonimato de la encuesta y el contexto de antagonismo político en el que estamos inmersos.

Hace varias décadas, una politóloga alemana postuló que, ante una polarización de la sociedad, hay quienes optan por guardar silencio por miedo a ser estigmatizados si expresan su punto de vista. Si alguien cree que su entorno social juzgará mal la opción que ha tomado, la oculta.

No sería de extrañar, entonces, que estemos ante otra nociva consecuencia de la grieta política argentina.