La muerte acecha en rutas y calles
Urgen las soluciones en materia de infraestructura y un cambio en la cultura vial de los conductores.
Cuando las estadísticas sobre accidentes viales que este diario publica en forma metódica mes a mes desde hace más de tres años nos invitaban a la reflexión, abril se presentó en escena de manera brutal con cuatro muertos y numerosos heridos. El accidente ocurrió sobre la ruta 9, cerca de Bell Ville, en coincidencia con el inicio del fin de semana largo.
Sus circunstancias, por repetidas, lo convierten en una suerte de paradigma de nuestras rutas trágicas: un ómnibus de gran porte fue embestido por un automóvil, cuyo conductor perdió el control al intentar presuntamente una imprudente maniobra de sobrepaso. A ese tramo de la ruta 9 -el kilómetro 500- aún no ha llegado la autopista Córdoba-Rosario, que avanza a paso de tortuga desde hace más de 12 años.
Las estadísticas de marzo aportan dos datos relevantes: por un lado, la disminución de la cantidad de muertes respecto a igual mes de años anteriores, ya que en marzo de 2007 se anotaron 48; en 2008, 53, y el año pasado, 56, mientras que este año fueron 33.
El otro indicador es el alto grado de participación en los siniestros de las motos: de las 33 víctimas fatales, 22 se conducían en vehículos de dos ruedas. La tendencia no es novedosa pero alarma su crecimiento: siete de cada 10 muertos son tripulantes de motos, por lo general jóvenes y casi siempre sin la protección del casco. Al respecto, resulta inexplicable la resistencia a usar esa defensa elemental -y tan eficaz- por parte de los motociclistas, que parecen pensar que los accidentes sólo les ocurren a los demás. Deberían entender que las reglas de tránsito también los alcanzan y están obligados a cumplirlas.
Esos datos nos trasladan al paisaje urbano, donde el incremento de muertes en los sectores más vulnerables es una clara señal de alarma.
Pero resulta difícil ser optimistas acerca de una mejora próxima de la infraestructura de circulación de la ciudad. Al contrario, mientras las bicisendas se deterioran cada día más, las motos no tienen por dónde circular y deben hacerlo en los mismos carriles que autos, camiones y ómnibus que, a veces, ni siquiera los ven.
Esa escasez de espacios seguros en las ciudades -problemas crónicos que, como se dijo, llevará tiempo y dinero remontar- combinada con el incremento de las motos en circulación y la imprudencia de sus conductores constituye un cóctel explosivo que se hace necesario desmontar, sea con proyectos serios de mejorar la infraestructura, sea con rigurosos controles que no sólo obliguen a los motociclistas al uso del casco sino también a respetar las señales de tránsito, sea con tareas de concientización hacia quienes manejan vehículos mayores.
El recuento de muertos resulta insoportable para la conciencia ciudadana. Y la resignación ante hechos evitables es una conducta que ya no tiene lugar.

