Insensibilidad social
Pese a las leyes, los casos de discriminación a personas discapacitadas se siguen multiplicando, lo cual es todo un síntoma de cuánto nos falta madurar como sociedad.
"La silla de ruedas soy yo". Contundente, la carta de una joven discriminada en un boliche nocturno de la ciudad de Córdoba por su condición de discapacitada motriz resuena como un grito que a menudo no escuchamos: el de quienes deben circular por este mundo en inferioridad de condiciones, soportando que se los considere un estorbo. Es cierto que el negocio en cuestión ya fue clausurado por la Municipalidad, pero los empresarios no son en este caso rara avis de una sociedad solícita, sino la peor expresión de una indiferencia generalizada.Es cierto que Argentina ha erigido en las últimas décadas un corpus legal destinado a llenar un vacío en lo atinente al respeto de quienes se baten cotidianamente en minoría. Pero ello no implica que hayamos construido un presente solidario, respetuoso del otro como sujeto.Lo constatamos a diario, cuando taxistas desaprensivos no se detienen a la vista de una silla de ruedas, para no tener la molestia de abrir el baúl del automóvil para cargar el artefacto en cuestión o cuando se comprueba que las empresas de transporte público de pasajeros no han instalado las rampas para discapacitados comprometidas.O la renuencia con la que no pocas empresas incumplen la obligación de incorporar personal con discapacidades diversas, una renuencia a la que sumamos nuestra poca paciencia para con algunos prójimos en particular.Y qué decir de nuestras ciudades poco amigables para invidentes y discapacitados motrices, de nuestros edificios con rampas construidas de apuro y de automovilistas que estacionan justo delante de una, lo que impide su uso. Los ejemplos abundan y nos involucran a todos. Pero es mucho más grave cuando ocurre en espacios donde la práctica de la discriminación es sistemática: por la indumentaria, la apariencia física, el color de piel, la pertenencia social... O por la invalidez.Todo aderezado por un contexto social en el que cada uno a su modo suma para restar; el mismo país donde un ministro de Economía puede sugerirle a una legisladora "que se ponga plumas y diga algo en francés" y otro no menos conspicuo personaje puede alegar que la muerte por inanición de un niño qom es "un hecho aislado".Discriminamos con minúsculas los ciudadanos de a pie, es cierto, pero no pocos lo hacen con mayúsculas, por razones de rango y posición.No reconocer los derechos de los menos es el caldo de cultivo ideal para que una sociedad desbarranque hacia el desconocimiento de los derechos de muchos.Esa es la semilla que no podemos permitir que germine, porque es la de un árbol venenoso, de una toxicidad larga y comprobada. No estará de más, entonces, internalizar hasta hacerla carne esa frase: "La silla de ruedas soy yo".

