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Igual modelo, igual estilo

La Presidenta de la República, en su discurso de reasunción, ratificó no sólo el modelo vigente sino también un estilo de gobierno autoritario y excluyente, en el que no hay lugar para las disidencias.

29 de enero de 2012 a las 12:01 a. m.
Igual modelo, igual estilo

La reasunción del mando por parte de la presidenta Cristina Fernández, luego de su breve licencia por enfermedad, ha puesto un poco de orden en un Gobierno que, durante su ausencia, estaba dando algunos signos de fragmentación y falta de coordinación. Era lógico y natural que esto sucediera, ya que el kirchnerismo se ha caracterizado, desde 2003 en adelante, por una alta concentración del poder en torno de la figura del jefe del Estado, primero de Néstor Kirchner y luego de su esposa y sucesora. Ministros, legisladores y funcionarios oficialistas han reconocido más de una vez que el de los Kirchner ha sido y es un gobierno verticalista, cuyas políticas de fondo son adoptadas por el vértice del poder. Es por ello que el retorno de Cristina Fernández tiene el sentido de una restauración plena de la autoridad presidencial, con el mérito de frenar una dispersión política en ciernes, pero con el riesgo de reforzar el sesgo autoritario del cual el Gobierno ha dado muestras en sus más de ocho años de gestión.Muchas cosas han cambiado en los últimos tiempos. La propia Presidenta así lo ha reconocido en su reciente discurso en la Casa Rosada, al admitir que hay crisis energética, que los subsidios estatales generaron en muchos casos distorsiones económicas, que hay sindicatos que ya no defienden al Gobierno como lo hacían antes o que las restricciones a las importaciones pueden afectar a algunos sectores de la industria.No obstante, fiel a su estilo, Cristina Fernández hizo una defensa a rajatabla del "modelo" económico-social en vigencia y fustigó a los supuestos culpables de las dificultades por las que atraviesa el país, desde las empresas petroleras hasta los medios de comunicación, pasando por los gremios y los partidos de oposición.Fue el suyo un discurso muy poco autocrítico, pues para la Presidenta todos los éxitos son propios y todas las culpas son ajenas. No existen, a su juicio, ni la inflación, ni el déficit fiscal, ni las deudas de la Nación con las provincias. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en la opinión presidencial, son genuinas, y la gestión de Guillermo Moreno –el más controvertido de los funcionarios kirchneristas– mereció su categórico y explícito apoyo.Tampoco existen, a su juicio, diferencias de criterio con el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, cuando es natural y hasta positivo que en una administración haya distintos puntos de vista. Sucede que el kirchnerismo tiene una idea del poder que no admite las disidencias o las fisuras. Y quienes no se rinden a sus pies corren el riesgo de pasar a revistar en la categoría de adversarios y hasta de enemigos. Ya sucedió con Alberto Fernández, el primer jefe de Gabinete del período, y ya está sucediendo con Daniel Scioli o Hugo Moyano. Conforme a la palabra presidencial, el kirchnerismo –o, si se prefiere, el cristinismo– sigue siendo el mismo de siempre.