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En la buena senda

El proyecto de bicicletas compartidas en la ciudad de Córdoba puede ser una buena oportunidad para movilizarnos de una forma más saludable y para aprender a compartir y a cuidar lo público.

16 de mayo de 2014 a las 12:01 a. m.
En la buena senda

El proyecto ingresado al Concejo Deliberante de Córdoba para que la ciudad tenga un sistema de bicicletas compartidas parece ser una buena oportunidad para que los cordobeses discutamos qué clase de ciudad queremos y cómo aspiramos a vivirla.

No es un mal momento para encarar el asunto, habida cuenta de los importantes pasivos urbanos que esta urbe registra, algunos de antigua data y otros surgidos al conjuro de los nuevos tiempos y el concurso de la imprevisión.

Probado ya en otras latitudes de este mismo país –como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por ejemplo–, el sistema de bicicletas compartidas es de relativa simplicidad y baja inversión: requiere, en principio, de un número de rodados y espacios públicos para su estacionamiento y de un público dispuesto a realizar la experiencia de trasladarse en dos ruedas.

Sin duda, este sistema debería ser enérgicamente promovido por el municipio, a efectos de lograr su instalación y aceptación por parte de los usuarios y para apuntar a eliminar esa sensación generalizada de que si algo no pertenece a nadie es de todos, y si es público no merece cuidado ni responsabilidad alguna.

En otros términos, que los rodados puestos a disposición de los transeúntes no deberían terminar en la casa de algunos de ellos. Sin obviar un dato central, como es el acendrado sentimiento antagónico que automovilistas en general y transportistas en particular experimentan por quienes se desplazan en dos ruedas.

Ello torna urgente el cambio de hábitos de todos, lo que incluye a los ciclistas mismos, para que estos no se consideren al margen de las normas viales e internalicen que deben movilizarse por la derecha y detenerse ante un semáforo en rojo o utilizar el casco de rigor.

Hay que decir también que, si existen ciudades amigables, Córdoba no se cuenta entre ellas. Lo prueban su elevado índice de contaminación ambiental, su tránsito caótico, la frecuente falta de controles, sus aceras deterioradas y sus semáforos apagados, sin olvidar el “vale todo” automovilístico al que nos hemos acostumbrado.

Ponernos en orden con el prójimo y con el entorno debería, por tanto, ir más allá de una declaración de buenas intenciones.

Se trata, en síntesis, de una buena oportunidad para hacer los deberes, instalando un sistema como el de las bicicletas compartidas, al que nadie podría negarle beneficios, tanto en materia de salud como de convivencia.

Pero si la iniciativa no formara parte de un programa amplio y sostenido en el tiempo, se correría el riesgo de que las bicis de hoy sean mañana el simple recuerdo de una inquietud que no prosperó. Ni falta hace recordar que ya no podemos darnos el lujo de acumular buenas intenciones que a la postre se traducen en simple derroche de oportunidades.