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Elevar la mirada

La dirigencia debería mirarse en el espejo del pueblo argentino que celebró el Bicentenario en forma pacífica y multitudinaria, y dejar de lado sus intrascendentes rencillas.

26 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Elevar la mirada

La magna fecha ha quedado atrás y, aunque el Bicentenario aún dará motivos para festejos y conmemoraciones durante todo el año, se impone hoy esta reflexión.

Los fastos celebratorios de la Semana de Mayo de 1810 que puso en marcha "una nueva y gloriosa Nación", como expresa nuestro Himno original, nos han mostrado las imágenes contrastantes de un pueblo unido en multitudinarias manifestaciones públicas, en especial en la ciudad de Buenos Aires, pero reproducidas en distintas formas en todos los rincones del país, y una dirigencia enfrascada en disputas pequeñas, mezquinas e irrelevantes.

Poco importará en el futuro que la Presidenta no haya concurrido a la reapertura del Teatro Colón, organizado por el cuestionado jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, o si el vicepresidente de la Nación, Julio Cobos, no fuese incluido en las listas oficiales de los actos. Tampoco pasará a la historia si el solemne Tedéum que se repite como una tradición cada 25 de Mayo haya sido el de Luján o el de la Catedral de la ciudad de Buenos Aires, ni si el sector agropecuario opositor al Gobierno, cobijado bajo la denominación genérica de campo, lograra o no instalar el festejo alternativo. O si el "Che" Guevara merecía estar en la galería de patriotas latinoamericanos, como propuso Cuba.

A veces, los juegos de poder requieren ese tipo de confrontaciones, rencillas o argucias que se presentan como "males necesarios", sobre todo si se transita el tiempo preelectoral a 2011.

Sin embargo, para que la fecha no pase en vano, resulta imperioso elevar la mira e imitar a nuestros padres fundadores que supieron sobreponerse a sus propias peleas para mirar un poco más allá, hacia un futuro que no fuera electoralista, partidario ni corporativo.

El resultado de esas luchas, muchas veces cruentas, es esta Nación, este Estado imperfecto, con muchísimas cosas por mejorar, pero cuya existencia es reconocida en forma indudable.

Esta Nación, después de vicisitudes recientes en las que se llegó a hablar de su inviabilidad, tiene hoy un futuro esperanzador porque no padece luchas raciales, ni religiosas, ni vislumbra fracturas internas ni amenazas exteriores inmediatas. Eso, entre otras cosas, se lo debemos a nuestros próceres y a nuestra historia.

Y aunque el mundo actual, con sus crisis económico-financieras periódicas, las guerras irresueltas y sus graves problemas ambientales no es un lecho de rosas, la República Argentina, desde sus jóvenes 200 años y con una perspectiva latinoamericana, tiene un papel que cumplir y una nueva oportunidad de crecer y de consolidarse.

Para ello, necesita levantar la cabeza, dejar atrás añejas disputas domésticas que se tornan visiblemente nimias, y mirar lejos, hacia ese futuro que quizá no vivamos, pero que se vislumbra en el horizonte.