Días de prodigios y martirios
El hombre usa el prodigio de su razón para reconstruir la primera explosión, pero la fortaleza de su razón no alcanza para eliminar de su ser la irracionalidad inmanente.
L os científicos que operaron el miércoles último la llamada "máquina de Dios" dieron, en un pequeño rincón del cosmos, un paso de gigante hacia la revelación del misterio del origen del universo.
Mientras tanto, los pueblos que habitan un planeta que es apenas una mota de polvo en esa inabarcable inmensidad se internan cada vez más profundamente en su propio pasado y reviven los horrores de las guerras de religión.
Como entre 1095 y 1270, la humanidad camina de regreso a los años desgarrados de las Cruzadas. El enemigo por vencer es nuevamente el islam. ¿Qué progreso en tolerancia, en concordia, han hecho las civilizaciones a lo largo de centurias de barbarie sin fin?
Cuando los pueblos están mejor comunicados y debieran conocerse mejor, parece que les cuesta cada vez más entenderse. No por azar se habla ahora de "choque de civilizaciones". Decía el fallecido papa Juan Pablo II que "el diálogo es importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión, que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad".
Los pueblos se conocen más, pero se ignoran más. La insensibilidad, la explotación, el hambre, la indefensión ante las enfermedades, la marginación se miden por centenares de millones de seres humanos. Si ayer el planeta estaba llagado por trincheras, hoy está lacerado por muros que se alzan por doquier.
Mientras se presume de globalización, crece la "guetización": muros en las fronteras, guetos en las ciudades. Lo más trágico es que mucho de todo esto se produce en nombre de la fe. Vivimos el apogeo de lo que Stephen Arterburn y Jack Felton describieron en 1991 como "fe tóxica", que es la fe degenerada en fanatismo.
En el caso de la cristiandad, es la penosa alienación del legado de quien dejó como suprema ofrenda de su martirio el mensaje más bello: "La paz os dejo, mi paz os doy, pero no como la da el mundo". La paz que dejaba era la paz del Sermón de la Montaña. La paz del mundo sólo es tregua.
Este torturado planeta es una geografía de persecución de quien reza, piensa, ama en forma diferente, como diferente sea el color de su piel. Usa el prodigio de su razón para reconstruir la explosión primigenia, pero la fortaleza de su razón no alcanza para eliminar de su ser la irracionalidad inmanente.
Su razón le confiere la inquebrantable certeza de que en esta centuria se eliminarán enfermedades incurables y se viajará a planetas distantes, pero ello será insuficiente para darle la certeza esencial de que se alcanzarán finalmente los sueños de paz, de tolerancia, de hermandad, esos dones de la grandeza de espíritu limpio que todos anhelan para la vida en la Tierra.
Todo lo más, la razón mantendrá viva la luz de su esperanza, también inquebrantable.

