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Continente de nadie

Es una vergüenza moral que las distintas calamidades que padece África generen tan escasas reacciones en los principales países de Occidente y en las organizaciones internacionales.

16 de agosto de 2014 a las 12:01 a. m.
Continente de nadie

La de África parece la historia de una desdicha colectiva que el mundo asumió como inevitable, algo que ningún esfuerzo ni las mejores intenciones podrán ya remediar. Como si Occidente, autor de gran parte de las condiciones que generaron tales desdichas, hubiera decidido enfocar sus empeños en otras direcciones.

El continente negro es abrumador, vale recordarlo, en su inmensidad tanto como en la pequeñez de sus naciones, surgidas al capricho de potencias coloniales y refundadas al capricho de modernas dictaduras o por razones étnicas.

Hoy, el tamaño de las deudas contraídas en esa parte del mundo salta a la vista en el azote del ébola y la más reciente chikungunya. Pero también en sus hambrunas sistemáticas y en las oleadas migratorias hacia Europa, tanto como en sus guerras que diezman a propios y extraños por causas políticas, raciales o religiosas.

Y se magnifica en la ausencia cómplice o forzada de los organismos internacionales que, como las potencias, prefieren escurrir el bulto, sabedores de que las intervenciones acaban mal, pero en África acaban peor.

Hace tiempo que se decidió que las naciones africanas deben ocuparse de los problemas del África. Así, países con una notable deuda interna –algunos, pobres hasta la solemnidad y otros tan ricos que sólo generan más pobreza– deben intervenir para solucionar los inconvenientes que no pueden afrontar en sus propios territorios.

El oro de Sudáfrica, los diamantes de Sierra Leona, el petróleo de Nigeria y minerales novedosos como el coltan seguirán nutriendo la voracidad de quienes ya no necesitan ser potencias coloniales para seguir en su tarea de expolio.

Un ejercicio interesante sería cotejar los mapas que el continente ha generado a lo largo de los últimos 60 años para constatar que todo allí es inestable: las fronteras, los países, los regímenes. Somalía es hoy un territorio disputado por ejércitos diversos, totalmente feudalizado; Chad debe apelar a la intervención francesa; Libia se desangra en una guerra civil; Nigeria alimenta secesiones diversas y guerras religiosas; Liberia es sólo una referencia en el mapa, y la situación de la región subsahariana es un galimatías.

Pero los diamantes, el oro, el petróleo, las maderas preciosas de sus bosques devastados y los minerales siguen allí, lo que alienta la conclusión de que tanta riqueza sólo puede generar miseria y legiones de desesperados que se lanzan al Mediterráneo, porque morir ahogados es un riesgo que vale la pena correr.

Mientras tanto, China –el nuevo jugador poderoso en la región– encandila a gobiernos de diverso cuño con inversiones que producirán modernas sumisiones.

La realidad africana es el baldón que debería avergonzar a Occidente. Y si ello no sucede es porque la conciencia occidental está adormecida de manera profunda y conveniente.