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Como Onganía y el primer Perón

Los gobiernos que persiguen y destruyen la prensa libre se extinguen asfixiados por el clima de cerrazón intelectual, moral e intolerancia.

07 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Como Onganía y el primer Perón

Nunca se habló tanto de derechos humanos como en este septenio kirchnerista. Nunca, durante el largo cuarto de siglo de recuperación de las instituciones democráticas, se atacó tanto al periodismo independiente como en este septenio kirchnerista. Nunca se habló tanto de la memoria como en este septenio. Y nunca se ha olvidado tanto, desde la honestidad y el decoro en el manejo de los dineros del pueblo hasta el respeto por el pluralismo y las instituciones de la República. No hay contradicción.

El Gobierno nacional se ha autoerigido en Supremo Hermeneuta de los derechos humanos y en el Gran Inquisidor del periodismo. Olvida o ignora que el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos expresa, sin posibilidad alguna de torcidas interpretaciones: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

¿Puede el kirchnerismo afirmar que respeta este derecho humano? Ni toda su enorme y costosísima maquinaria de deformar y pervertir la verdad y la realidad le alcanza para asegurar que observa el derecho a la libertad de opinión y de expresión. Todo lo contrario: desde que se hizo con el poder, comenzaron las listas negras para excluir a los periodistas que no se alineaban con su proyecto de pensamiento único, sobre todo a quienes se desempeñaban en radioemisoras y canales de televisión.

En cuanto a la prensa escrita, apeló al viejo recurso implantado por el dictador Juan Carlos Onganía, que transformó la distribución de la publicidad oficial en herramienta sistemática de extorsión y castigo. Y del primer gobierno, fuertemente autoritario, de Juan Domingo Perón, desempolva el manejo del papel para destruir de manera gradual el periodismo independiente. Sólo habrá papel en abundancia para propagar la obsecuencia, maniobrar la verdad, silenciar con injuria y difamación a quienes hacen del ejercicio de la profesión una irrenunciable defensa de la libertad, la verdad y la transparencia.

Como el Gobierno y el partido que lo sostienen tienen una indemostrable creencia de que son un movimiento fundacional, olvidan naturalmente los tristes finales de Onganía y de los dos primeros mandatos de Perón y, hundidos en su fe de que son ungidos por la Divina Providencia, obran como si creyesen que están más allá y por encima de esos ocasos. Su militante desmemoria les permite olvidar que los gobiernos que persiguen y destruyen a la prensa libre se extinguen asfixiados por el ominoso clima de cerrazón intelectual, moral e intolerancia.

Este ominoso clima transformaría una eventual celebración del Día del Periodista, que se conmemora hoy, en una absurda irrisión.