Candidatos de la Casa Rosada
La democracia argentina, cada vez menos republicana, está dando al Estado nacional el indebido papel de un gran elector, que abusa de todos los recursos para permanecer en el poder.
En cualquier democracia moderna –sea bajo los sistemas presidencialista o parlamentario–, los candidatos a presidente o primer ministro son elegidos en convenciones partidarias convocadas a tal fin, que a veces son avaladas por otros partidos cuando forman gobiernos de coalición. Incluso cuando un presidente o primer ministro en ejercicio decide presentarse a la reelección, es el partido o la coalición a que pertenece el que tiene la última palabra. Así era antes en la Argentina, donde los candidatos eran elegidos por las convenciones o congresos partidarios o se presentaban a elecciones internas. En cambio, el anuncio de la candidatura a la reelección de Cristina Fernández de Kirchner se hizo en un salón de la Casa Rosada, por cadena nacional, aprovechando la realización de un acto de gobierno. Y cuatro días después, la Presidenta anunció a su compañero de fórmula (el ministro de Economía, Amado Boudou) en la residencia presidencial de Olivos, con la asistencia de todos los miembros del Gabinete y los titulares de los bloques parlamentarios oficialistas, además de los gobernadores de las provincias aliadas al gobierno. O sea, ambos actos se hicieron como si fueran los candidatos del Estado y no de un partido o coalición. De hecho, el Estado se ha volcado de manera abierta en los últimos meses –a través de sus distintas áreas u organismos y con todos los recursos necesarios– a favor de la autoproclamada candidata del gobierno.Si la Presidenta usó la cadena nacional de radio y televisión para anunciar que finalmente irá por la reelección, ¿por qué no se les permite lo mismo a los candidatos de los otros partidos o coaliciones que, en cambio, son denigrados y acusados por panelistas de los programas oficiales de la televisión y la radio públicas?Hay más todavía: también las candidaturas a gobernadores y vices y las listas de legisladores nacionales del oficialismo fueron manipuladas por la Casa Rosada, con algunas pocas excepciones, como la de Córdoba, por ejemplo, donde la coalición encabezada por el justicialismo resistió los embates del Gobierno nacional, que pretendió imponerle condiciones y candidatos. Todo esto ocurre en medio de una extrema fragmentación política. Los partidos políticos se fueron dividiendo y subdividiendo y, en las identidades partidarias e ideológicas, se debilitaron y hasta se esfumaron. Las grandes corrientes políticas tradicionales están fracturadas y dispersas, y se forman alianzas circunstanciales que cambian de elección en elección.Lo más grave es que el Estado nacional aparezca como el gran elector, imponiendo candidaturas a todos los niveles en nombre de la profundización de un "modelo" que nadie conoce con certeza, ya que incluye falsas estadísticas y argumentaciones sobre la historia reciente y los desafíos por venir.

