Ecos del rencor presidencial
Cualquier desprevenido que leyera las dos declaraciones pensaría que Obama es el presidente de Argentina y que Cristina es la de Estados Unidos, o que el nuevo papa es norteamericano y no argentino. Claudio Fantini.
Pocos tuvieron "la palabra precisa y la sonrisa perfecta". Muchos las simularon mal y otros hasta mostraron un absurdo estupor. Buena parte de la dirigencia no sabía bien qué hacer con la noticia. La perplejidad les arruinaba la pose. Aparecieron falsos "bergoglistas" de la primera hora y también acusadores echando espuma de bilis por la boca.El desconcierto y la desmesura se abrazaron con torpeza. Algunos dieron por hecho que Jorge Bergoglio será para el populismo latinoamericano lo que Karol Wojtyla fue para el comunismo centroeuropeo, cayendo en la euforia de los pusilánimes que, por impotencia propia, esperan un salvador externo. Otros, decididos a evitar que un Juan Pablo II ajeno arrase al Jaruzelski propio, se pusieron ridículamente en guardia.Hubo patetismo en los que buscaron una bendición papal que resucite sus liderazgos ínfimos, así como en los que posaron, una vez más, de fiscales implacables con la vida de los otros. Y también fue patético el contraste entre las reacciones de la presidenta argentina y las del presidente norteamericano.Barack Obama se mostró orgulloso y feliz de que el nuevo papa sea latinoamericano. No hay por qué creerle tanto orgullo y felicidad. Demasiada euforia para un cumplido diplomático. Pero menos creíble fue el "deseo con el corazón" que expresó Cristina Fernández de que a Bergoglio le vaya bien en su difícil misión.De por sí era más fácil suponerla con un ataque de celos por el éxito de alguien que, para colmo, tiempo atrás fue acusado por el matrimonio gubernamental de ser "el jefe de la oposición" y por lo cual, cada 25 de mayo, viaja a otras provincias para evitar el Tedéum de la catedral porteña. Pero como si hiciera falta más, tras la felicitación, la Presidenta hilvanó un engorroso discurso en el que terminó indicándole lo que debe hacer como pontífice.Esa prolongación un tanto desvariante de su "sentida felicitación" dejó a la vista la incomodidad –si no el agrio rencor– que le había causado la noticia que dejaba patitieso al país.Cualquier desprevenido que leyera las dos declaraciones pensaría que Obama es el presidente de Argentina y Cristina la de los Estados Unidos, o que el nuevo papa es norteamericano y no argentino. Si quedaba alguna duda sobre el malestar presidencial ante la coronación de Bergoglio, la prensa que suele expresar y satisfacer sus sentimientos más oscuros encendió de inmediato una hoguera donde incinerar la imagen del nuevo pontífice. Tiempo feroz. El colmo de lo despreciable fue la imagen de los acusados de crímenes aberrantes de la dictadura luciendo escarapelas vaticanas, durante el juicio. Una demostración de estupidez tan grande que, si algo logra, es favorecer a los que actúan al servicio del rencor presidencial. Está claro que, por ejemplo, si Eugenio Zaffaroni no fuera kirchnerista, buena parte de quienes acusan de crímenes de lesa humanidad a quien señale Cristina lo llamarían "juez de la dictadura", ya que juró por el Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional y rechazó habeas corpus a víctimas del poder genocida.Esa realidad tan evidente resta credibilidad a los acusadores de Bergoglio. No obstante, en esa misma vereda se dijeron cosas que describen, al menos en parte, una verdad incontrastable: la Iglesia argentina no tuvo un monseñor Raúl Silva Henríquez, quien desde la Vicaría de la Solidaridad enfrentó institucionalmente a la dictadura chilena. En Argentina, el clero eligió el silencio institucional y la solidaridad individual, actitud en alguna medida similar a la del papa Pío XII frente al nazismo. Callaba como institución, pero actuaba individualmente a través de sus autoridades. De ese modo, salvó muchas vidas; aunque es posible que salvara muchas más si enfrentaba al régimen criminal con todo el peso de su estructura, como hizo la Iglesia de Chile. Al menos eso sugiere la paradoja de que, habiendo sido un dictador más poderoso que rigió el triple de tiempo que sus pares argentinos, Pinochet dejó muchísimas menos víctimas que Rafael Videla y compañía.Hay otros ejemplos que demuestran lo mismo. Sin ir más lejos, Brasil. Por eso, no destiñeron un rencor gris todas las voces que contrastaron con las que expresaron legítima satisfacción o bien oportunismo apologético. Lo que dijo Estela de Carlotto sobre el silencio institucional de la Iglesia es cierto, y al catolicismo argentino le haría bien procesarlo en una honesta autocrítica.Las otras voces lapidarias intentaron ser letales, pero chocaron contra la experiencia en la materia que tiene Adolfo Pérez Esquivel, el conocimiento de Graciela Fernández Meijide y la credibilidad política del teólogo tercermundista Leonardo Boff, entre tantos otros que testimoniaron a favor de lo actuado por Bergoglio en aquel tiempo feroz.Chocaron también con otra realidad evidente: tanto en la Iglesia argentina como en la curia romana y el Colegio Cardenalicio, Bergoglio siempre fue atacado y resistido por los sectores más reaccionarios y los grupos más recalcitrantes.Quizá habrían subrayado eso, en lugar de describirlo como un cómplice de torturas y exterminios, si el entonces cardenal hubiera guardado silencio en lugar de hablar de intolerancia, pobreza y corrupción.

