Dos modelos en pugna en Brasil
El voto en las elecciones presidenciales de Brasil decidirá entre dos modelos de sociedad. Fernando Henrique Cardoso .
El 3 de octubre elegiremos al próximo presidente de Brasil. Hay tiempo más que suficiente para hacer un balance de la situación y, sobre todo, para asumir la responsabilidad de la elección que hagamos.
Es innegable que la popularidad del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y la sensación de "dinero en el bolsillo", materializada en el aumento del consumo, podrían darles a los electores la idea de que es mejor quedarse con lo conocido que cambiar hacia lo incierto.
Pero ¿qué es lo que realmente se conoce? Que en los últimos 20 años ha mejorado la vida de la gente, con la apertura de la economía, la estabilidad de la moneda traída por el Plan Real, con el fin de los monopolios estatales y con las políticas de distribución del ingreso simbolizadas en las subvenciones para la gente pobre. Fue en este marco donde Lula fijó su imagen.
Exaltador de méritos, independientemente de lo que diga (no dice casi nada, pero toca en las almas deseosas de atención), Lula ha conseguido confundir a la opinión pública, como si antes de él no hubiera habido nada y después de él, de no darse la presunta continuidad con la elección de su candidata, fuera a haber retroceso.
¿Apoyo electoral? ¿Tendrá éxito la estrategia? Por ahora, lo que llama la atención es la disposición de bastante menos de la mitad del electorado a votar por el gobierno, en tanto que la votación por la oposición se mantiene uniformemente cerca de la mitad. Esa obstinación, a despecho de la presión gubernamental, impresiona aun más por el hecho de que Lula le ha transferido a su candidata Dilma Rousseff entre el 35 y 40 por ciento de los votos.
También impresiona que el apoyo a los candidatos no esté dividido conforme al tipo de ingreso, sino por regiones: los pobres del sur y del sudeste tienden a votar más por José Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB); así como los ricos del norte y del nordeste, por Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT).
El empate, desde hace prácticamente dos años de campaña oficial en favor de la candidata oficialista, tiene sabor de victoria para la oposición. Es como si la labia del presidente hubiera llegado a su límite. De ahora en adelante, la voz deberá de ser de aquella a quien el país nunca ha oído: la candidata.
¿Podría dar la sorpresa? Siempre es posible. Pero, por los balbuceos escuchados, falta mucho por convencer: falta historia nacional, falta claridad en las posiciones; da la impresión de que las palabras salen de un maniquí que no tiene opiniones sólidas sobre los temas y dice, de manera medio torpe, lo que su auditorio desea escuchar.
¿No habrá sido ésta también la técnica de Lula? Hasta cierto punto, pues cuando éste vocifera o cuando se aferra poco a la verdad, lo hace "auténticamente": él siente que puede asumir cualquier posición porque, en principio, no tiene ninguna posición. Dicho en sus propias palabras: "Soy una metamorfosis ambulante".
Personalidades. Ahora, el caso de la candidata del PT es lo opuesto (ésta es, !ay!, su virtud). Ella tiene opiniones firmes, con las que podemos estar o no de acuerdo, pero lucha por lo que cree. Éste es también su dilema: o dice lo que cree y posiblemente pierda electores por su compromiso con una visión centralizadora y burocrática de la economía y de la sociedad, o se metamorfosea y cambia de personaje mercadotécnico, aunque poco convincente.
No obstante, cuando se les pregunta sobre las diferencias entre las dos candidaturas, muchos comentaristas, como recientemente un puñado de "brasileñistas", responden que hay más convergencias que discrepancias entre los candidatos. ¿Será? Las comparaciones que se hacen, fundadas o no, apuntan más hacia el lado psicológico. Lo que está en juego, no obstante, es mucho más que la diferencia o la semejanza de personalidades.
El cuadro se vuelve confuso con la discusión desubicada del plano político hacia el personal y, peor aun, cuando se acepta la confusión a la que me referí en un inicio entre la situación de desahogo y bienestar que vive el país y Lula, que se ha apoyado en ella como si fuera obra suya.
Si todo converge en los objetivos y si estamos viviendo un buen momento para la economía, podrían pensar algunos, mejor no cambiar lo cierto por lo dudoso. Sólo que, en este caso, lo cierto es una situación heredada que, aunque perfeccionada, lleva la marca original del fabricante. Y lo dudoso es la disposición de la heredera electoral de seguir inspirándose en la matriz original. El candidato de la oposición, ése sí, lleva consigo la marca de origen: ayudó a construir la estabilidad, a mejorar las políticas sociales y a promover el progreso económico.
Las dos caras
No nos engañemos. El voto decidirá entre dos modelos de sociedad. Uno más centralizador y burocrático; otro más competitivo y meritocrático. En general, cualquiera de los contendientes llevará adelante el capitalismo. Estamos lejos de los tiempos en los que el PT y su candidata soñaban con lo que Lula nunca soñó: el control social de los medios de producción y una sociedad socialista.
Pero estamos más cerca de lo que parece de concretar lo que se ha venido esbozando en este segundo mandato "petista": más control del Estado por el partido, más burocratización y corporativismo en la economía, más apuestas en los controles no democráticos, además de más aproximación con gobiernos autoritarios, revestidos de retórica popular.
La elección es, por lo tanto, decisiva. Como todo indica, se está organizando el teatro electoral para ocultar lo que realmente está en discusión. Hay mucha gente en las elites (vilipendiadas por el "lulismo" en los comicios, pero mimadas por los gobernantes y beneficiadas por sus decisiones económico-financieras) que acepta cómodamente la tesis de que todo da lo mismo.
De cara o de cruz, la moneda siempre tendrá una cara para aflojarse el cinturón. Bonito engaño. Hay diferencias esenciales entre las dos candidaturas polares. Hechas las apuestas y jugada la partida, será tarde para lloriquear.
Hay argumentos para defender cualquiera de los dos. Pero que son la misma cosa, no lo son.
Y no porque en un gobierno habrá hartazgo y en el otro escasez para pobres y ricos. Sí porque habrá más transparencia y libertad en uno que en otro. Menos control policíaco, menos injerencia de las fuerzas partidistas-sindicales. Y menos corrupción, que más que un propósito, es una consecuencia.
*Sociólogo, escritor, ex presidente de Brasil

