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Dos de cada tres argentinos no tienen corazón

Los datos estadísticos muestran que la pobreza no nos importa a quienes no somos pobres.

05 de octubre de 2016 a las 12:01 a. m.
Martín Maldonado*
Dos de cada tres argentinos no tienen corazón

La noticia fue tapa de todos los diarios: dos de cada tres argentinos es insensible al sufrimiento del otro, del 32,2 por ciento que es pobre. Esta es la única forma de explicar la persistencia de altísimos niveles de pobreza en un país con abundantes recursos naturales, población educada y con más de 30 años de alternancias políticas en el marco de una democracia estable. Han pasado gobiernos de todos los signos políticos, y los que sufren son siempre los mismos. Y los que no sufrimos también somos los mismos. La publicación del índice de pobreza, el miércoles pasado, no sorprende a nadie. Impacta, pero no sorprende. Las universidades, centros de investigación y consultoras privadas ya tenían el dato y lo venían publicando desde hace tiempo.Gobernadores de provincias importantes ya habían blanqueado las estadísticas en sus territorios, con números más o menos similares. Para quienes no leen los diarios, quedaba la observación de la realidad; la pobreza se ve en calle, en cada ciudad del país. Uno de cada tres argentinos es pobre y el 6,3 por ciento no tiene ingresos suficientes ni siquiera para comer.La metodología del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) es correcta, pero obsoleta. La medición de la línea de pobreza y línea de indigencia es sólo una de las medidas posibles de pobreza. Mide pobreza por ingresos; es decir, evalúa si los ingresos monetarios de un hogar alcanzan para comprar comida y otros bienes no alimentarios. Es una medición útil y seria que, después de nueve años de manipulación, por fin ahora está bien hecha. Pero es obsoleta, porque considera que una familia tipo de cuatro personas debe alimentarse con 5.175 pesos por mes, y que para el total de sus gastos alimentarios y no alimentarios (alquiler, impuestos, educación, salud, esparcimiento, transporte, etcétera) es suficiente con $ 12.500 por mes. O sea que en la Argentina de hoy, una familia de cuatro personas cuyo ingreso mensual es de 12.600 pesos no es considerada pobre, y por lo tanto no está incluida en el 32,2 por ciento que tanto nos impactó en los últimos días. Los análisis se multiplican, los expertos opinan, las personas se escandalizan y los medios inflan una burbuja de opinión pública donde la mayoría de los protagonistas se esfuerza por buscar culpables de uno u otro color político. A mi criterio, el problema más grave no es que uno de cada tres argentinos sea pobre, sino que dos de cada tres argentinos son insensibles. Si subvertimos el análisis, podemos afirmar que el 67,8 por ciento de los argentinos está más preocupado por su bolsillo y por la seguridad de sus bienes que por el sufrimiento del otro 32,2 por ciento de argentinos que es pobre.Los datos estadísticos muestran que la pobreza no nos importa a quienes no somos pobres. Las mediciones de opinión pública de los últimos años son consistentes: los dos principales problemas que sufren los argentinos son la inflación y la inseguridad. En tercer y cuarto lugar aparecen los servicios esenciales de salud y educación; luego la corrupción y luego la calidad de otros servicios secundarios, como el transporte y los costos de la energía y del gas.Recién en séptimo u octavo lugar, con índices de tres por ciento a cinco por ciento, aparece la pobreza como una preocupación de los argentinos. Recién allí aparece el otro, el hermano necesitado, el que sufre las 24 horas del día.El dato no es menor. Con estas preocupaciones casi excluyentes en mente (inflación e inseguridad suman más del 60 por ciento), los argentinos que somos no pobres trabajamos, estudiamos, invertimos y soñamos.Inflación e inseguridad son los temas que abundan en la mesa de los domingos, en las radios y en la televisión. Con estos criterios en mente, votamos a nuestros dirigentes políticos y con estos criterios los evaluamos.La indiferencia ante la pobreza no nos hace culpables del problema ni responsables de la solución. Los responsables son los políticos, sin duda alguna; nosotros simplemente somos eso: indiferentes.Pagar impuestos para que el Estado se haga cargo no es suficiente. Si la pobreza nos doliera como nos duelen los precios o nos perturbara como nos perturba un robo, seguramente, los números serían otros y no deberíamos sentarnos a esperar seis meses a la próxima publicación del Indec sobre corazones insensibles. * Investigador del Conicet