Disparos sobre Broadway
La cuidada puesta en escena de los debates entre los candidatos presidenciales intenta cargar energías a una sociedad desmotivada. Nelson Gustavo Specchia.
La gravitación de la cultura de la imagen es tan alta en Estados Unidos que una buena puesta en escena puede torcer una campaña presidencial. A pesar del declive de la hegemonía norteamericana, el inquilino de la Casa Blanca seguirá siendo un árbitro sobre cuestiones globales, en lo inmediato.Esa dimensión internacional es la que llevó a algunos intelectuales críticos, como Noam Chomsky, a postular que en su elección deberían participar también los ciudadanos del resto del mundo, pues se verán afectados por su mandato. Apolíticos. Lejos de esos extremos, la elección presidencial no moviliza ni siquiera a los propios estadounidenses: la apatía electoral es una tendencia dominante. Esto genera un clima social moderadamente conservador y rara vez concurre a votar más de la mitad de la población.El mayor índice en el siglo 20 se alcanzó con John Kennedy, cuando en 1960 le ganó por dos décimas al republicano Richard Nixon. La participación no dejó de descender desde entonces.En 1992, Bill Clinton ganó la presidencia con el apoyo de sólo el 43 por ciento de los que fueron a votar, menos de la cuarta parte del padrón.El listón de la mitad de la población no se superó hasta 2008, cuando Barack Obama logró la movilización de colectivos sociales que se habían mantenido tradicionalmente al margen.Combinando los recursos de Internet y la comunicación personalizada de los jóvenes, la campaña demócrata logró que de los 153 millones habilitados para votar, asistieran 130, un inédito 75 por ciento que no se registraba desde principios del siglo pasado.Ahora, el desafío pasa por mantener ese índice o al menos intentar que no vuelva a descender a los porcentajes históricos.Diferentes variables se confabulan para volver a tirarlo hacia abajo: el presidente defraudó a una porción de aquellos que logró movilizar hace cuatro años, que esperaban de él unas reformas más radicales.La crisis económica y la destrucción de empleo también lastran los entusiasmos participativos. Y la reacción de los conservadores de la derecha religiosa y del Tea Party contra las iniciativas más progresistas de la Administración (seguro de salud, matrimonio igualitario, aborto, inmigración) desalienta a los sectores moderados. Apelar a Broadway. Además, el inicio de la campaña presidencial, hace algunos meses, fue de una chatura preocupante. Aparte de los votantes medianamente fijos que ambos partidos mayoritarios tienen asegurados, la porción del electorado en disputa ronda un 20 por ciento.Pero ni los actos centrales de las primarias ni las salidas de los candidatos al campo habían logrado encender la mecha del entusiasmo colectivo.En el oficialismo advierten, asimismo, que la desmovilización de los grupos emergentes (nuevos votantes, jóvenes, trabajadores y las demográficamente crecientes comunidades negra y latina) termina favoreciendo a la oposición republicana, que cuenta con un electorado fiel, poco movible y disciplinado. Finalmente, la apelación al teatro de los debates cuerpo a cuerpo entre los dos candidatos presidenciales ha logrado quebrar esa desmotivación y ha vuelto a poner sobre la mesa los proyectos ideológicos que se someterán a plebiscito el 6 de noviembre. De las tres sesiones programadas, el primer debate televisivo pareció sorprender al presidente Obama con la guardia baja.Mitt Romney venía de traspié en traspié, con todas las encuestas en contra y sin haber podido sumar un solo éxito en las recorridas por el interior. Seguido por una media de 70 millones de espectadores, ese primer debate en Colorado significó un golpe para el oficialismo y una resurrección para Romney.Porque en la cultura de la imagen, los símbolos y las apariencias cuentan tanto como los contenidos de los discursos.A Barack Obama se lo vio apesadumbrado, rara vez levantaba la vista, su tono de voz era bajo, casi no sonrió en ningún momento, buscaba la lectura de sus notas antes de las intervenciones y hasta parecía poco convencido de sus afirmaciones.Mitt Romney, en cambio, se mostró como un batallador seguro, aunque nadie se entere demasiado sobre de qué cosas está tan seguro. Recuperar la iniciativa. La prensa ya ha calificado al segundo debate, en la Universidad Hofstra, como uno de los mejores de la historia electoral contemporánea. Fue brillante, ágil, de una confrontación muy efectista. Las encuestas habían mostrado el renacimiento del republicano tras la primera puesta en escena, pero esas encuestadoras otorgan ahora a Obama una clara victoria dialéctica sobre el líder de la oposición.Tengo para mí que el martes pasado comenzó realmente la campaña presidencial. Ahora, en serio. Hay dos proyectos, bien diferenciados y dos hombres con posibilidades reales de ocupar el Ejecutivo.Como el dramaturgo imaginado por Woody Allen en Disparen sobre Broadway , Barack Obama tuvo que decidir, después del primer cara a cara con Romney, si el contenido de su programa era más o menos importante que el arte del teatro. Y este martes apostó por el teatro.Al día siguiente del debate, Obama recaudó más dinero en donaciones que en toda la campaña hasta ahora, inclusive más que en 2008. Quizá sea un indicador de que nuevamente ha logrado reencantar al electorado.* Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)

