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Discriminación social, racismo y negocios

La discriminación social y el racismo se parecen mucho, y si unos los ejercitan por valores retorcidos, otros lo hacen por interés, puro y descarnado. Alejandro Mareco.

13 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
Discriminación social, racismo y negocios

¿Qué ven cuando se cruzan las miradas que están conectadas a cerebros marcados por experiencias en extremo diferentes? ¿Ven al otro, reconocen su existencia o sólo repasan con los ojos la vieja información, la valoración acuñada en la repetición de discursos de generaciones? Para que un pueblo, o mejor dicho para que parte de una población, llegue a cometer crímenes de lesa humanidad contra otro pueblo, genocidios como los que tantos hemos sabido y vivido, es necesario que el victimario antes se impregne de un discurso por el que considera a su víctima una especie de infrahumano, por distintos y absurdos motivos. Entonces, no sólo que pierden los escrúpulos, sino que se llega a la depravación asesina. Los esclavos que la culta y piadosa Europa arrancó de África para que fueran a hundir sus cadenas en los cultivos de la inmensa fecundidad colonial americana no sólo no eran considerados seres humanos, sino un mero capital (con lo que el capital y la fuerza de trabajo eran la misma cosa, es decir tenían un mismo dueño); en consecuencia, por desangrarse en algodonales y zafras sólo recibían un plato de comida y un techo precario bajo el que se amontonaban. Muchos deben haber pensado que de ese modo vivían mejor que siendo unos salvajes más en África. En los barcos que los traían, la muerte no sólo se multiplicaba a través de las enfermedades y el hacinamiento, sino también de la tristeza. Por eso, a veces los hacían subir a cubierta para despejarles la melancolía. Pero había negros con los que no había caso, lo echaban todo a perder: eran capaces de dejar de respirar hasta morir. Modernos esclavos. Las denuncias sobre casos de condiciones laborales abusivas hasta llegar incluso a reducción a la servidumbre en campos del país con explotación a cargo de empresas multinacionales (en varios casos) no ha generado un asco unánime como hubiera podido esperarse. Algunos dirigentes patronales rurales y políticos de “buena familia” no están de acuerdo con que se trata de “trabajo esclavo”. Acaso piensen que, incluso, están mejor que en sus miserables ranchos escondidos en lo profundo de la pobreza santiagueña. Es simple, así viven los pobres, o así han visto vivir siempre a los pobres (algunos son capaces de afirmar incluso que les gusta vivir así). Sin un razonamiento de esta naturaleza, semejante feroz explotación tropezaría con pruritos contrarios a la voracidad. Pasa también en numerosos casos de abuso y de reducción a la servidumbre en el ámbito industrial, particularmente en el textil y muy cerca del Obelisco. Hay incontables talleres clandestinos en los que sobre todo inmigrantes ilegales venidos de Bolivia, trabajan casi sin parar por unas pocas monedas, durmiendo hacinados unas pocas horas y soportando las ganas de ir al baño, pues son contados los permisos. Esto no sería posible si los explotadores, además de voraces, no se empaparan de una buena dosis de racismo que les dice que esa gente está hecha para vivir así. Además, argumentan que aquí al menos tienen agua, comida, luz y baño. Y pasa con los gigolós y las madamas que encierran bajo llave a chicas paraguayas para que ejerzan la prostitución sin descanso. La discriminación social y el racismo se parecen mucho, y si unos los ejercitan por valores retorcidos, otros, además, lo hacen por interés, puro y descarnado. Mientras tanto, ¿qué vemos los demás cuando nos cruzamos la mirada y sabemos que sabemos que vivimos en un país donde suceden estas cosas?