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Diciembre y sus sombras de despidos y despedidas

El mes que arranca en pocos días nunca significó buenas noticias para Argentina.

28 de noviembre de 2021 a las 12:03 a. m.
Natalia Ferreyra
Diciembre y sus sombras de despidos y despedidas
Diciembre. En 2013, se producía en Córdoba la más grave crisis social de la historia reciente cuando, a raíz de un motín policial, hubo una ola de saqueos, robos y actos de vandalismo. (La Voz)

Suena como un eco. El zumbido de un ave rapaz que aletea y observa. El animal vuela sobre nuestras cabezas. El sol choca contra las alas; la sombra cae sobre nosotros y nos oscurece.

El bicho podría llamarse inflación, mezcla de murciélago y hiena que con los años estrena nuevos dientes. También podría llamarse despido y ser un dragón de dos cabezas que busca desde arriba cuál será la nueva presa.

El mes que arranca en pocos días nunca significó buenas noticias para Argentina. Podría existir un archivo que llevara ese nombre: Diciembre. Carpetas y subcarpetas con registro de reportes gráficos, con el sonido agudo y desesperado de las manifestaciones; con el ruido de las balas de goma de una Policía que la mayoría de las veces dispara contra quienes, como ellos, son trabajadores y pueblo. Porque el arma los ciega, hasta que apunta hacia ellos o sus familias.

Y entonces el problema parece haber sido de escala o de perspectiva, de ubicación de clase, de conciencia de dónde vienen el miedo, la injusticia, el vértigo.

Este archivo ilusorio también podría estar ordenado por nombre y apellido. Los de los despedidos y despedidas de diciembre.

¿Con qué peso ese nuevo desempleado se sienta a la mesa de fin de año a levantar la copa en alto y rogar el mantra de que pase el verano, que pase el verano…? Una fecha para volver a salir, para volver a mostrarse interesado, aunque la oferta sea precarizada, rogando que sea un buen sueldo, que sea en blanco. ¿En qué momento empezamos a entender los derechos como privilegios?

Diciembre huele mal. A veces alcanza con poner las patas en agua en una palangana y encerrarnos en un egoísmo chiquito que evita balances que hace tiempo dan en rojo.

Agradecer el “quiosquito” armado, celebrar que se puede comprar algo para la mesa de fin de año. Porque, si miramos más allá, la espina del pueblo hinca la planta del pie y duele como un duelo.

La muerte de una idea de país posible, sin niños pobres, con una clase política valiente para poner límite a las riquezas de quienes las poseen en serio.

Hace pocos días llamé a una colega. No podía hablar: acababan de despedir a su jefa. La primera baja de diciembre, dijo. Y me cayó un cascote en la cabeza. Porque volvió a pasar por el cuerpo la sensación que se siente cuando te toca.

La dolencia de saber que nada de lo que una haga impedirá ese final y porque, como si fuera poco, la comunicación de despido la lleva adelante una persona sin sangre, que se jacta de haberse formado en algo cercano a lo humano pero no es más que una figura de hielo.

Esta columna es para esos puestos. ¿Por qué en diciembre? ¿Qué grado de perversión opera para que en este mes suceda?

Y se me viene una respuesta, la que me dijo la última gran compañera que tuve en un empleo fijo: es que aprovechan ahora porque el resto, quienes se quedan, empiezan a comprar regalos, se enganchan con las Fiestas, las vacaciones y después ya empieza otro año; la gente se olvida...

El coaching ontológico, ¿habla de esto? ¿Cuándo fue el día que dejamos de sentirnos parte de una misma especie, de una humanidad, de un pueblo, de un territorio? ¿Fue un diciembre?