Devastación de la naturaleza y de los hijos de Dios
El gesto de Benedicto XVI es algo así como la humanidad desnuda. Tanto hemos hecho en milenios para tomar el control de este planeta en el que vivimos. Alejandro Mareco.
“Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿Por qué es así? ¿Por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente? No tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes”. Ésas fueron las palabras del papa Benedicto XVI a una niña japonesa de siete años que acaso, en su pregunta, buscó que el dolor y la devastación que vivió su pueblo tuvieran un sentido, algo de razón que explicara tanta desventura. Algo que nos diga por qué deben padecer los que padecen (mención aparte al concepto de vivir cómodamente: en este mundo no hace falta un tsunami para vivir muy mal). En el Viernes Santo, por primera vez un Papa se presentó ante la televisión y respondió un puñado de siete preguntas o planteos. La mayoría de las crónicas que se echaron a rodar por el mundo eligieron destacar el devastado interrogante de la niña japonesa que fue testigo de una versión del apocalipsis. El hombre que responde es el representante del dios de los católicos en la Tierra. Sin duda, es la premura de los tiempos que exigen una actualidad de respuestas aun para las instituciones que están hechas para entenderse con los siglos. Porque desde las dispensas de hace unos días al pueblo judío y a la milenaria acusación de haber matado a Jesús –un pronunciamiento que llega casi dos mil años después de los hechos– el Papa (aunque la decisión haya sido de Benedicto XVI, los papas, todos los papas, son la historia de la Iglesia y gran parte la historia de Occidente) resuelve subir a la velocidad de estos tiempos y tratar de dar un puñado de respuestas. El gesto del Pontífice es algo así como la humanidad desnuda. Tanto hemos hecho en milenios para tomar el control de este planeta en el que vivimos. Quizá hemos entendido el cosmos, aun el microcosmos que no vemos. Hemos explicado el universo con la religión, la ciencia y la filosofía, pero todavía estamos aquí, esperando las grandes respuestas. Ni siquiera se trata de la pretensión de vivir y vivir, de no morir, pero, por ejemplo, mientras miramos los árboles amarillos en una media tarde de sábado cordobés, es tremendo pensar que si algo decidiera llevárselo todo por delante, no podríamos impedirlo. Tal vez pudiera pretenderse que un desastre natural nos iguale: acaso sí en el miedo, en la incertidumbre, en la sensación de fragilidad; pero objetivamente, y ante cualquier circunstancia común, son los más débiles de la sociedad los que peor la pasan. Tanto sabemos de dinero y tan poco de vivir. Además, Benedicto XVI exhortó a “las instituciones y a todos los que tienen una posibilidad de hacer algo” para que ayuden a las comunidades católicas de Irak, amenazadas por islamistas. “La violencia no viene nunca de Dios”, sentenció. Viene de los hombres, claro, y precisamente por eso hay que tomar posturas éticas sobre el tema, porque, por lo que sabemos, la violencia no ha cesado de arrasar. El mundo no está sólo hecho de católicos, y comprometerse a defender a todos los seres humanos reclama una actitud de grandeza que no es tan sencilla de encontrar en estos días. “No tenemos respuesta” para detener la devastación de la naturaleza, dijo el Papa. Para detener la devastación de los hombres, ¿necesitamos a Dios?

