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Derrame que no derrama

Relacionar la necesidad de aumentar las tarifas a la tan mentada “teoría del derrame” es imprudente. 

03 de agosto de 2016 a las 12:01 a. m.
Daniel Gattás*
Derrame que no derrama

H ace unas semanas, el ministro de Comunicaciones de la Nación advirtió de que no hay energía suficiente en el país y que sin inversiones en ese sector dinámico no se logrará el "derrame de riqueza" tan ansiado. Sería interesante para la salud del Gobierno nacional que, luego de la serie de errores, algunos de ellos justamente de índole comunicacional, sus funcionarios tuvieran algún grado de prudencia en sus expresiones. Relacionar la necesidad de aumentar las tarifas a la tan mentada "teoría del derrame" es cuanto menos imprudente. Nuestra historia reciente demuestra que ese mecanismo no tiene efectos tan benéficos en la sociedad, en particular para los sectores de menores ingresos.En realidad, sospecho que, salvo la impronta semántica de cada funcionario, la reflexión del ministro es bastante similar a la esperanza que tienen tanto su par de Economía como el propio  Presidente respecto de las inversiones que podrían llegar al país. Están convencidos de que sus efectos positivos se "derramarán" a toda la sociedad como si fuera agua bendita.Si bien es posible que eso ocurra en la teoría, es difícil que se dé en la práctica. No tiene que ver con una visión pesimista sobre el futuro, sino con un análisis de nuestra breve historia y de las pautas culturales que hemos ido adquiriendo a lo largo del tiempo.A los poco memoriosos, hay que recordarles que la teoría del derrame fue el núcleo de la política económica de la década de 1990. Se imaginaba que la mano invisible de Adam Smith transformaría los beneficios y los éxitos individuales de cada ciudadano, mediante una especie de alquimia, con beneficios para toda la comunidad.Claro que para alcanzar ese paraíso, había que cumplir con los mandamientos del Consenso de Washington, término acuñado por el economista John Williamson: disciplina fiscal, tasas de interés positivas, liberalización del comercio internacional, privatizaciones, eliminación de subsidios y desregulación son algunos de ellos.

Una analogía

Es como si una copa se colmara con exquisita bebida y luego comenzara a derramar por sus bordes para que todos pudieran probarla. Claro que, para que eso suceda, los dueños de la copa, por lo general grandes empresarios, deberían tener una actitud generosa y responsable, y compartir al menos una parte del trago.

Hay que reconocer que este combo fue muy exitoso en algunos países con culturas muy diferentes a la nuestra, como Estados Unidos e Inglaterra.

Aquí, acostumbrados a los desequilibrios fiscales, al empleo improductivo en empresas del Estado, a la inflación, a los subsidios sin controles, al exceso de regulaciones y a las tasas de interés negativas, luego de la ilusión inicial de estabilidad y crecimiento producidos por la convertibilidad, la propia inflexibilidad de la paridad uno a uno terminó generando un nuevo fracaso que desembocó en la crisis de 2001, con su secuela de pobreza, desempleo y angustia.

Como suele ocurrir en Argentina, después de 2003 el péndulo se fue hacia el otro extremo, se estatizó lo privatizado, se reguló lo desregulado, se intervino en todos los mercados, se retrasó el tipo de cambio, y los funcionarios, que se creían dueños eternos de los destinos de sus conciudadanos, se sintieron poderosos y comenzaron a gozar de un alto grado de impunidad, aprovechando  el respaldo de muchos militantes.

En un Estado elefantiásico e inmanejable para sus propios creadores, sobrevino el descontrol y terminó con un virtual vaciamiento de las arcas públicas. Lo más penoso: entraron en bancarrota conceptos como honestidad, política y esperanza.

Qué difícil es para nuestros dirigentes encontrar puntos medios, en los que reine la razonabilidad y se acuerden políticas de Estado; qué difícil es para el ciudadano común prever un futuro a mediano plazo dejando a un lado las cuestiones coyunturales; qué difícil evitar que nuestras emociones se muevan de un extremo a otro, del optimismo al pesimismo, y a la inversa; qué difícil resulta observar nuestra historia y no repetir los mismos errores.

Como sugiere con lucidez el profesor Humberto Maturana, deberíamos incorporar dos ítems a la lista de los “derechos humanos argentinos”.

Primero, el derecho a equivocarse y a cometer errores; si no existe el derecho a equivocarse, no se puede corregir ningún error, simplemente porque no se reconoce. Los autócratas jamás se equivocan; para ellos, reconocer que erraron es sinónimo de debilidad y pérdida de poder. Se verían obligados a lo que consideran un escarnio público: aceptar que no son propietarios de la verdad. Por estas razones, el derecho a equivocarse es un derecho humano fundamental.

El segundo es el derecho humano a cambiar de opinión. Vivimos un mundo que nos exige pensar siempre igual, y modificar una opinión se asemejaría a traicionar principios. Grueso error; evolucionar en el pensamiento cuando alguien cae en la cuenta de que está equivocado, es reservado sólo para hombres inteligentes y de coraje; el resto es patrimonio exclusivo de los necios.

* Profesor de la UNC y de la UCC