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Del extrañamiento al amor entrañable

En vez de ser socios (vivimos en sociedad) y, aún más, hermanos, nos desconocemos, perdemos el vínculo de pertenencia a la casa común y nos comportamos como extraños. 

07 de marzo de 2017 a las 12:31 a. m.
Pedro Torres*
Del extrañamiento  al amor entrañable

Muchas voces del mundo de la cultura y las ciencias sociales diagnostican hoy una crisis ética, la cual hunde sus raíces en una ceguera provocada por el estilo individualista, el afán de acumular cosas que intentan llenar el vacío existencial, y la desafección o indiferencia.

Talado el árbol nativo del bien y del mal del jardín de la vida digna de la persona humana, según el proyecto de Dios, los frutos que cosecha nuestro estilo de vida hiperconectado parecen ser el cansancio, la falta de alegría e incluso el enojo y la indignación.

En vez de ser socios (vivimos en sociedad) y, aún más, hermanos, nos desconocemos, perdemos el vínculo de pertenencia a la casa común y nos comportamos como extraños, sin respeto ni esperanza, violentos y paradójicamente muy vulnerables.

En este contexto, resuenan proféticas las propuestas del papa Francisco. Invitándonos a la alegría y la esperanza, propone “a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana”.

Nos dice Francisco, pensando en las futuras generaciones, que “necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual”.

Esta cultura del encuentro se vincula con el misterio de la Encarnación de Jesucristo, por el cual nada de la historia abierta a la eternidad le es indiferente. Tampoco a nosotros: ni la llamada muerte digna, ni los residuos, ni la ley de bosques, ni la situación económico social, ni la falta de paz.

Jesús camina por la historia con la convicción de que el hombre vive de la amistad, el apoyo y la confianza que suscitan una libertad que ni la muerte puede acabar. El amor entrañable de Dios revelado en Jesús nos asegura que la luz de la vida triunfa sobre las tinieblas del pecado y de la muerte.

Cuaresma es, precisamente, un tiempo de conversión, de sanación personal y comunitaria, por la comunión con la ternura del amigo que da la vida por cada hombre, dándonos así la posibilidad de un nuevo corazón que recupere el amor entrañable.

* Obispo católico, miembro 
del Comipaz