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Del Estado de derecho al Estado deshecho

Tanta muerte que queda en el misterio retrata un país en tinieblas. Y la muerte de un fiscal, poco después de acusar al Gobierno y pocas horas antes de presentar las pruebas, dejó a la Argentina en la oscuridad total.

24 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
Del Estado de derecho al Estado deshecho

En las novelas detectivescas de Chesterton, Agatha Christie y Arthur Conan Doyle, la oscuridad de la trama es disuelta en el desenlace por la luz de la deducción. El crimen que parece inexplicable siempre termina siendo esclarecido. La contracara es Dashiell Hammett, en cuya obra la oscuridad que domina la trama prevalece triunfal en el final.La diferencia es que los escritores británicos expresaban la fe iluminista en el racionalismo, inventando crímenes muy complejos pero enmarcados en cuestiones humanas, ergo desentrañables a la luz de la razón. En cambio, el autor norteamericano expresaba escepticismo frente a la corrupción y al poder.En los crímenes de Hammett corrupción y poder usan sus arsenales de sombríos recursos para que nunca se llegue a la dilucidación.La misteriosa muerte de Lola Chomnalez parece, de momento, pertenecer al universo de Chesterton, Christie y Conan Doyle, o sea producido por cuestiones del lado oscuro de la condición humana, pero ajeno a la corrupción y al poder. Por el contrario, la muerte de Alberto Nisman ocurre en el centro mismo de esos escenarios, lo que la coloca en la dimensión de Hammett.En rigor, la Argentina pertenece a la dimensión de Hammett. Por eso acumula crímenes sin dilucidar. Quedan en la oscuridad porque tienen que ver con el poder o con la corrupción, o con ambas realidades omnipresentes.Tanta muerte que queda en el misterio retrata un país en tinieblas. Y la muerte de un fiscal, poco después de acusar al Gobierno y pocas horas antes de presentar las pruebas, dejó a la Argentina en la oscuridad total.Lo único claro es que se trata de la muerte individual más grave desde el asesinato de José Ignacio Rucci. Por eso se instaló una sensación desoladora. Como si, de repente, la sociedad se descubriese en la trama truculenta de un thriller con final impredecible.La desolación creció en la medida en que se pronunciaban la Presidenta, sus funcionarios, sus voceros periodísticos y los candidatos mejor posicionados para los próximos comicios.A los desvaríos del oficialismo, se sumaron los pronunciamientos vacíos de los aspirantes a encabezar el próximo gobierno. La suma de lo que dijeron Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri da cero. Y la suma de lo que dijeron Cristina, sus funcionarios y sus apologetas, da escalofrío.A la sensación de naufragio se sumó la sensación de que la Presidenta entró en estado catatónico, mientras su gobierno hacía cortocircuito y los líderes del arco político exhibían su pavoroso déficit de materia gris y de estatura histórica.Con la muerte del fiscal Nisman, el país quedó totalmente a oscuras y con una clase dirigente sin luces. Desvaríos Como esos cardúmenes que van en una dirección y, de manera abrupta y sorpresiva, giran en masa y marchan en la dirección opuesta (imagen que usó Martín Lousteau para describir al PJ), el oficialismo marchó en bloque y viró abruptamente, encaminándose en la dirección contraria tras el viraje de la presidenta. En una escena similar a la ocurrida cuando Bergoglio se convirtió en Papa, todos los batallones kirchneristas (el judicial, el dirigencial, el artístico, el periodístico, etcétera) repetían a coro que Nisman se suicidó abrumado porque su "incompetencia" lo hizo fabricar una acusación ridícula y sin ningún sustento. Igual que con el Papa –al que sólo algunos quedaron acusando de crímenes de lesa humanidad– el vasto ejército oficialista giró en "U" siguiendo a su capitana en la repentina convicción de que, quienes primero manipularon al fiscal, después lo mataron para tirarle el cadáver al Gobierno al que estaba denunciando. Por cierto, es comprensible que se defienda a la Presidenta de la acusación que le hizo Nisman. Pero es inaceptable que nadie en el oficialismo se pregunte por qué, como muestran tantas grabaciones, funcionarios como Andrés Larroque, dirigentes kirchneristas como Luis D'Elía y personajes como Fernando Esteche estaban en tratativas con el régimen de los ayatolas. Habiendo confirmado el excanciller Rafael Bielsa que Irán pidió en reiteradas ocasiones el pacto de impunidad que denunció Nisman y que rechazó el presidente Néstor Kirchner, cabría preguntarles a quienes aparecen en las grabaciones por qué negociaban impunidad con los presuntos responsables del peor ataque contra el país en democracia. Mientras siga ensañándose con el muerto al que había denostado en sus últimos días vivo, mientras continúe victimizándose y culpando a la víctima y mientras no le exija públicamente explicaciones a los propios que parecían actuar como gestores de quienes habrían masacrado argentinos, el Gobierno seguirá alimentando sospechas en su contra.Es ridículo hacerle preguntas a un muerto (por qué regresó antes de tiempo; por qué dejó a su hija en Barajas, etcétera) en lugar de preguntarle a Larroque, D'Elía, Esteche y otros por qué actuaron como si fueran agentes de Irán.Con un gobierno acosado por denuncias de corrupción, la muerte inexplicable de un fiscal que lo acusaba no puede parecer otra cosa que un mensaje a los demás fiscales y jueces: "no se metan con Cristina".Precisamente por eso, lo mejor que podría hacer la Presidenta, en lugar de tuitear frenéticamente y lucubrar teorías en la dimensión de Hammett, es garantizar con hechos y palabras que jueces y fiscales pueden investigarla sin correr peligro de muerte.Sólo la reconstrucción del Estado de derecho puede reemplazar al Estado deshecho.