De Osama Bin Laden a Julian Assange
WikiLeaks, como instrumento, es un aliado interesado del periodismo y del público. Y nada justifica censura o ataques; sólo respuestas ante la ley. Ricardo Trotti.
Así como con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York Osama Bin Laden demolió los paradigmas de la seguridad mundial y logró que nos sintiéramos revisados y demorados en cada aeropuerto, las filtraciones de cables confidenciales de la diplomacia estadounidense por Julian A-ssange en WikiLeaks tendrán un impacto negativo no sólo para las relaciones de confianza entre países, sino para el flujo informativo y la libertad de prensa. Complejo y fascinante. El problema es complejo y fascinante. El "cablegate" hizo colisionar varios derechos de similar valor: el del público a saber y el del gobierno a reservar información sensible; el de la intimidad y el de ventilar actos privados de personas públicas; el del secreto y el de la seguridad nacional; el de la libertad de expresión para publicar la verdad, a pesar de haberse obtenido mediante delito o coacción. Caso enredado, también, porque el carácter de secreto transforma en verdad y vedette cualquier material como los chismes y opiniones diplomáticos de los cables, que dolieron más a la comunidad internacional que los abusos cometidos en las guerras de Irak y Afganistán, ventilados por WikiLeaks meses atrás.Enmarañado, además, porque Julian Assange tiene ahora una imagen de Robin Hood de la información obstinado en robar y desenmascarar sólo a los ricos, cuando la verdad se complementaría mejor con los secretos de gobiernos opresores y tiranos, documentación que también procesa WikiLeaks, pero que poco publica.Lo peor de todo es que la información clandestina publicada por A-ssange les sirve en bandeja a los gobiernos –democráticos o tiranos– un enemigo común. Tienen la coartada perfecta para dictar normas que hagan más secretos sus secretos, crear más organismos de control y limitar o castigar a periodistas y medios que quieran sacarlos a la luz.Es un caso difuso, porque no se sabe a ciencia cierta qué son o hacen Assange y WikiLeaks. Si se trata de periodismo que está protegido, de espionaje condenado o de un híbrido. Lo que sí está claro es que WikiLeaks no es transparente ni periodismo. Se trata de una excelente oportunidad tecnológica para difundir un volumen extraordinario de información sin ningún tipo de responsabilidad legal.WikiLeaks, como medio abstracto, no cumple con preceptos periodísticos sobre rigurosidad, confrontación y confirmación de fuentes. Publica textos obtenidos de manera ilegal, mientras el periodismo requiere responsabilidad jurídica; por ejemplo, para obtener información clasificada debe entrar en un proceso judicial tormentoso, como el que enfrentó The New York Times para acceder a los Papeles del Pentágono, o esperar 30 años a que esos datos sean desclasificados.Pero tampoco WikiLeaks es enemigo del periodismo, sino complemento. Los cuatro medios – El País , The Guardian , Le Monde y Der Spiegel– que desde la semana que pasó comenzaron a publicar los cables, lo pudieron hacer en forma responsable por la irresponsabilidad de Assange. Aunque los puedan acusar de megáfono de un supuesto delito, hicieron lo que debían hacer, informar, y lo hicieron consultando a las embajadas, a los gobiernos y dejando de lado nombres y temas que pudieran afectar la vida de los involucrados.Los medios crearon así su atajo informativo y no tuvieron otra opción que publicar, en el entendido de que su servicio es fiscalizar y mantener a los ciudadanos informados en asuntos de interés público, en especial cuando los gobiernos tienen una alta predisposición a calificar de secreta cualquier información. WikiLeaks, como instrumento, es entonces un aliado interesado del periodismo y del público. Y nada justifica censura o ataques; sólo respuestas ante la ley. Pero el gobierno estadounidense no debería preocuparse tanto por el mensajero sino por cómo procesa su información confidencial y cómo castigar a quienes la infringen o motivan su robo. La fuerza de tarea creada por Barack Obama debe asegurar que persigue el delito, no la libertad de expresión. Además de mejorar sus comunicaciones diplomáticas, Estados Unidos tiene la responsabilidad de actuar de forma apropiada para que cualquier acción en contra de las filtraciones no se transforme en un bumerán en contra de la libertad de prensa y en Internet, que tanto pregona defender y promover.

