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De mitos, fábulas y leyendas

Los rostros que hoy se alzan nuevamente frente a nosotros bajo la insignia eleccionaria nos resultan conocidos, viejos amigos de nuestra política, autoproclamados irreemplazables hombres del entramado político argentino.

10 de agosto de 2013 a las 02:27 p. m.
Andrés de Gaetano*
De mitos, fábulas y leyendas

Amanecemos hoy frente a un nuevo tiempo de elecciones, una oportunidad de reflexión cívica y, según dicta la promesa democrática, de revitalización ciudadana. Pero junto a ella, despierta también la ilusión de una profunda renovación política. Casi como un mito, extraño como una fábula y misterioso como una leyenda, el pueblo argentino envejece expectante junto a los rostros ya conocidos de la política nacional y escondiendo tras de sí una invisible abominación: una clase política que sólo resulta una imagen de enquistado egoísmo institucionalizado a través de los partidos políticos que batallan entre sí. Descreída ya de su poder de intervención en los asuntos públicos, y abandonada a una posición de ­mera observadora, la sociedad ­argentina ve transitar ante sí una larga procesión de desamores. Aquella vieja promesa que con feliz eslogan parecía otorgar una garantía de eterno resplandor, "con la democracia se come, se educa, se cura", hoy desfallece frente a una oscura realidad.La palabra "democracia" se alza en estandarte de todo discurso político y se desliza rápidamente sobre la lengua de cualquier referente partidario, como si al pronunciarla con mayor énfasis se asegurara su cumplimiento, lo que evidencia que no se comprende que un mero proceso eleccionario no garantiza la salud del Estado argentino.Definir sin más la forma democrática en la Argentina constituye una tarea no exenta de debates ideológicos y doctrinarios, motivado ello, fundamentalmente, en que la democracia carece de conceptualización expresa en la Constitución. Recién se emplea de forma directa este término en 1957, cuando la reforma constitucional introdujo en el artículo 14 bis el adjetivo "democrática" para calificar a la organización sindical. Ya con la última reforma de nuestro texto magno, en 1994, la palabra "democracia" se incorpora en seis oportunidades dentro de la Constitución: artículos 36, 38 y 75 (incisos 19 y 24).Sin embargo, nada ofrece dicha enumeración y sólo se alza como una garantía de mero formalismo normativo. Es que, en la realidad argentina, se denuncia un vaciamiento democrático, dado por el engaño manifiesto al que nos so­metemos los ciudadanos, esclavos de la ilusoria convicción de que un simple proceso electoral garantiza la vigencia de esta forma de organización político-social-estatal, sin advertir que la falta de renovación de autoridades, la creciente pérdida de confianza en las instituciones republicanas y una clausura de los partidos políticos hacen de la democracia una verdadera ficción. Desconfianza institucional. Los rostros que hoy se alzan nuevamente frente a nosotros bajo la insignia eleccionaria nos resultan conocidos, viejos amigos de nuestra política, autoproclamados irreemplazables hombres del entramado político argentino. Las claras intenciones de nuestros dirigentes de perpetuarse en el poder se conjugan con una escasez de nuevas figuras, dado fundamentalmente por una total y marcada ausencia de apertura partidario-institucional y un tejido político de clausura. Esto se vuelve manifiesto a través de las continuas alianzas y coaliciones, incluso entre partidos antagónicos. Con grata claridad, la Cámara Nacional Electoral refleja esta situación al señalar que durante las elecciones generales de 2011, a nivel nacional, de un total de 528 partidos reconocidos oficialmente, sólo 79 se presentaron de manera individual, mientras que 300 lo hicieron en 72 alianzas.Otra cuestión de profunda importancia en el análisis de la polí­tica electoral-partidaria en Argentina es la disminución de la participación ciudadana en los partidos políticos.Una referencia histórica permite observar esto con claridad. Mientras en el período eleccionario de 2007 el nivel de afiliación partidaria era de 8.292.347 personas sobre un total de 27.115.900 electores, lo que constituía un 30,58 por ciento, en 2010, sobre una base de 28.371.734 electores, el 29,28 por ciento (8.306.368) del padrón presentaba afiliación a algún partido.En 2011 y 2012, la disminución fue aún más notoria. Mientras que en el primero de estos años osciló en un 28,45 por ciento (8.211.707 afiliados sobre 28.862.759 electores), al final de 2012 alcanzó el menor grado, con un 27,70 por ciento (esto es, 8.099.186 afiliados sobre un total de 29.238.369 electores).Esto deja en evidencia un estanco estadio de participación partidaria, lo que evidencia, si no un bajo interés por intervenir en asuntos político-institucionales, un decreciente proceso de fidelización por parte de estas instituciones democráticas. A efectos de dar crédito de la creciente pérdida de confianza en las instituciones republicanas, basta atender la encarnizada batalla publicitaria, de denuncias y contradenuncias, que este año electoral ha traído consigo, lo que convirtió a la política en un cauce perfecto de explosión social, de polarización y enemistad ciudadana y cuyo efecto es abrir un enorme interrogante acerca de qué es democrático y qué no. En instancias de tamaños agravios y tanta desorientación, la democracia resulta no más que una ficción de marcada tradición oral, donde una intencional ambigüedad e imprecisión en su definición, por parte de sus actores, produce una amplia confusión y vulgarización de su esencia. Como dice Giovanni Sartori, "cuando un término ha llegado a ser tan universalmente santificado como democracia lo es ahora, empiezo a preguntarme si acaso significara algo, al significar tantas cosas". Vivimos en un inextricable país de fábulas, donde una vetusta dirigencia política intenta alimentar nuestra conciencia con mitos, como si el falso ímpetu que asignan al pronunciar la santa palabra "democracia" fuera suficiente para educar, comer y sanar. Dormidos en laureles de antiguos tiempos de glorias personales, nuestros representantes olvidan que la sociedad sabe que las fábulas y los mitos son sólo para niños y las leyendas rara vez son ciertas.

*Abogado, docente adscripto a las cátedras de Derecho Político y Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNC