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De “El mercader de Venecia” a las campañas electorales argentinas

El tema de la compraventa de la carne humana, desafortunadamente, no está sólo en el arte: vive en las pesadillas de un mercado ilegal en el que se comercian niños, mujeres jóvenes, órganos.

13 de junio de 2022 a las 12:02 a. m.
Elena Pérez
De “El mercader de Venecia” a las campañas electorales argentinas
Javier Milei considera la venta de órganos como un mercado más. (Captura TN)

Algunos recordamos la versión teatral o cinematográfica de la tragedia de William Shakespeare El mercader de Venecia, obra en la que un siniestro usurero, Shylock, presta una suma de dinero bajo la garantía de que si la deuda no se pagara, el prestamista exigiría a cambio una libra de carne del cuerpo del deudor.

Ciento treinta años después, la sátira (casi intolerable) Una modesta proposición para impedir que los niños de Irlanda sean una molestia para sus padres o para el país, de Jonathan Swift, proponía alimentar a los niños de los pobres hasta la edad de 1 año, para luego venderlos al peso para alimento de la clase rica.

El tema del cuerpo humano, antropofagia o mercancía, no ha desaparecido de la conciencia colectiva. De tanto en tanto, reaparece en el arte, en forma de sátira, tragedia, cuento, como si fuera necesario advertir que inclusive nuestro cuerpo podría volverse un objeto de compraventa, de subasta, como lo fue, en las antiguas épocas de la esclavitud, cuando la carne humana se vendía al peso y según condiciones de salud, sexo, edad, fortaleza, belleza.

Hace unos 50 años, el dramaturgo argentino Agustín Cuzzani escribió, en intertexto con la tragedia de Shakespeare, Una libra de carne, obra de teatro en la que Shylock García pretende también cobrar una deuda rebanando un pedazo de carne lo más cercano al corazón del deudor-víctima. ”Y por qué una libra de carne y no 450 gramos”, pregunta un personaje de la obra; y otro responde: “Porque cuando se habla de carne argentina, se la pesa con medidas inglesas”.

El tema de la compraventa de la carne humana, desafortunadamente, no está sólo en el arte: vive en las pesadillas de un mercado ilegal en el que se comercian niños, mujeres jóvenes, órganos. El rostro bestial de la (in)humanidad muestra la extrema crueldad de sus perfiles y en pleno siglo 21 restablece el imperio despiadado del dinero fuera de todo marco legal.

Terciando entre los extremos del arte y del mercado negro, los organismos estatales de Argentina y de muchos otros países, en el cumplimiento de un deber irrenunciable, dictaron leyes que protegen a quienes ya dieron su sangre, sudor y lágrimas, y no les queda más patrimonio valorable que su cuerpo, sus hijos, sus órganos.

Como es obligatorio, el Estado pone freno a una especulación que hace retroceder a la humanidad en cuatro patas. Como primer garante responsable de la civilización más elemental, el Estado vela, a través de su entramado legal, para que el tejido social no sea devorado por predadores que se abalanzan con sus afiladas cuentas bancarias sobre las víctimas vulnerables, a las que, a falta de cualquier otro bien, les queda su carne, la carne de su carne, sus órganos.

En este contexto, aparece una propuesta de campaña para las elecciones presidenciales 2023 por parte de un candidato al que, cuando le preguntan si está a favor de la venta de órganos, declara que “es un mercado más […] ¿por qué todo tiene que regularlo el Estado?”.

Y entonces advertimos la fragilidad del orden social construido durante siglos, y se disparan las alarmas de los custodios de la libertad, cuando advertimos que un mercado de seres humanos o de sus partes acecha desde las sombras, listo para exhibir credenciales de legalidad.

Que la campaña electoralista de un candidato a presidente configure un escenario con propuestas biopolíticas que creíamos que formaban parte del pasado debería ser percibido como un acto predatorio de la civilización, una amenaza sobre nuestra más íntima y esencial humanidad.

* Docente e investigadora de la UNC