De Calígula a Berlusconi y Petraeus
Los escándalos sexuales siempre existieron, desde el incestuoso Calígula al pervertido Silvio Berlusconi y del infiel Bill Clinton al torpe David Petraeus. Ricardo Trotti.
Pero ahora tienen más impacto porque se conocen con facilidad y existe mayor conciencia sobre que las conductas impropias minan la credibilidad de las instituciones.
Por ello fue correcta la renuncia del encumbrado general Petraeus a la dirección de los servicios de inteligencia (CIA), tras una investigación de la policía federal (FBI) que descubrió que aquel mantenía una relación extramarital con su biógrafa, Paula Broadwell, una joven militar en retiro.
La misma pesquisa reveló toda una trama digna de Hollywood, que incluye a Broadwell hostigando por celos con Petraeus a otra mujer, Jill Kelly, que a su vez tenía comunicaciones “inapropiadas” con el general John Allen, a quien esta semana se le relevó como responsable del retiro de 68 mil soldados de Afganistán para 2014.
En este retorcido y tragicómico cuadrilátero amoroso, no se habría vulnerado la seguridad nacional, según explicó el presidente Barack Obama el miércoles pasado.
Más allá de si la joven Broadwell tenía información clasificada o acceso privilegiado que pusiera en riesgo la seguridad nacional, quedó en evidencia que las fuerzas armadas son más eficientes en lidiar con el enemigo en campos de batalla que en asuntos internos.
De ahí que el ministro de Defensa, León Panetta, haya solicitado una revisión de la instrucción sobre ética y buen comportamiento que reciben los oficiales.
En algunos países, se observa con incredulidad que una relación extramarital derrumbe la carrera de Petraeus, así como la de muchos políticos estadounidenses, pues se trata de hechos de índole privada.
Sin embargo, esta política de “tolerancia cero”, de algo más de dos décadas, está basada en que se espera que quien adopta el servicio público, también asuma la responsabilidad de respetar estándares de honestidad e integridad, a sabiendas de que la conducta individual difícilmente puede dividirse entre lo público y lo privado.
De ahí el mérito de algunas preguntas: ¿puede un funcionario ser honesto o dar la apariencia de que lo será, si se le descubre robando un reloj de una tienda? ¿O manejando ebrio o no pagando sus impuestos? ¿O manteniendo una relación extramarital? ¿O acosando sexualmente a otra persona?
Las conductas personales de los funcionarios repercuten en la pérdida de confianza que el público ha depositado en ellos.
Por eso, algo impropio, desde lo moral o legal, merma la credibilidad de la función, como sucedió con el italiano Berlusconi o el francés Dominique Straus-Khan.
Situación similar a la que por estos días vive la cadena pública inglesa BBC, que está perdiendo su prestigio pues le resulta difícil explicar por qué no investigó a su ahora fallecido conductor estrella Jimmy Savile, sobre el que pesan más de 300 denuncias de mujeres a quienes habría abusado cuando eran menores de edad.
Se trata de un nuevo mazazo contra la credibilidad de la prensa inglesa que todavía no cicatrizó las heridas que le dejaran periodistas y directivos del desaparecido News of the World de Rupert Murdoch, muchos ahora en prisión por haber interceptado llamadas telefónicas de políticos y celebridades.
En cuanto a Panetta, es correcta la decisión de fomentar una mayor ética entre los altos mandos militares. Pero el riesgo es que este escándalo de Petraeus sepulte vergüenzas aún mayores y todavía irresueltas.
El Pentágono estableció que en un año se registraron 3.192 denuncias de abuso sexual en las fuerzas armadas y que una de cada tres mujeres militares ha sido asaltada sexualmente.
Si se considera que las mujeres representan el 14,5 por ciento de una fuerza de 1,4 millones de personas, se trata de un problema mucho más grave que resolver que esta trama de infidelidades y probables fisuras en la seguridad nacional.

