Daños colaterales
No es sólo la cantidad de armas lo que hace que en Estados Unidos se abran las puertas del Infierno cada vez más seguido. Alejandro Mareco.
Refrescar la imagen del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y de sus palabras en conferencia de prensa después de otra tremenda matanza en una escuela es toda una pista que conduce al asesino: casi que llora (se enjuga lágrimas incipientes) porque esta vez son como unos 20 niños pequeños las victimas de esta masacre, y dice que habla como padre y no como presidente. Cómo padre, podría hablar cualquiera, hasta uno. Desde aquí, desde muy lejos, uno se estremece de dolor sintiendo lo que hubiera sentido en esa circunstancia con su hijo asesinado y, aun, con su hijo sobreviviente. Y claro que podría llorar frente a las cámaras, y llorar hasta inundar. Es posible que el viernes casi todos los habitantes del resto del mundo nos hayamos asomado al balcón de la televisión mirando otra masacre en Estados Unidos, tratando de entender por qué suceden. Mientras tantos, Obama no termina de atreverse a llorar (no es que se dude de la verdad de su conmoción). Al presidente de Estados Unidos (y de cualquier país) le corresponde, antes que nada, hablar como presidente, y tratar de plantear qué se puede hacer contra semejante violencia. Pero nada dice de eso. ¿Por qué nada dice de eso? Uno sospecha que es porque siente, como parte de la sociedad estadounidense, que al fin y al cabo no hay remedio ni vacuna. Que es una consecuencia más de un pueblo armado que sale en busca de sangre en el resto del planeta y que, cuatro o cinco veces al año, les toca padecer la locura que siembran. Daños colaterales, que le dicen. Es como si fuera lo mismo que sucede cuando desde 10 mil metros de altura un avión sin piloto lanza bombas sobre objetivos no demasiado claros y termina matando a decenas de niños y mujeres en algún lugar de la humanidad que no importa demasiado, como no importa la humanidad de esos lugares. Estados Unidos es gran potencia en el mundo no ya por su poder de dirigir la economía, sino porque su capacidad de guerrear disuelve cualquier discusión, y la usa concretamente a favor de sus amigos en conflicto. Mientras tanto, puertas adentro, es el país con la sociedad más armada del mundo (el número de armas dice que, en promedio, 9 de cada 10 habitantes tienen una). La mayoría de estas matanzas que se repiten fueron hechas con armas compradas legalmente. Son increíbles la permisividad de las leyes y el culto del armamentismo hogareño y personal. Hasta hay quienes dicen que hay que ir armado a un cine para enfrentar a un “loco” como el que disparó en Denver contra los espectadores de la última versión de Batman. También, entonces, deberían ir armados los niños de las escuelas primarias, por si se les aparece otro “loco” como el de Connecticut. Es decir, en nombre de la búsqueda de seguridad, la espiral no parará de crecer. Y eso es inseguridad contundente: mandar un niño o un joven a la escuela, salir de compras por un shopping y que aparezca un alienado por la violencia que, entre otras cosas, forma parte de la cultura del entretenimiento (televisión, cine, videojuegos). No sólo es la cantidad de armas lo que hace que en algún lugar de Estados Unidos cada vez más seguido se abran las puertas del infierno. Es una manera de ser y de vivir entre sí y con el mundo. Por eso las lágrimas de Obama son la pista que conduce al asesino.

