Cuidar y cuidarse
Este 28 de julio ha sido designado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el primer Día Mundial de la Hepatitis.
Esta iniciativa, inicialmente acompañada por 200 países, resulta del impacto en la salud que ocasiona la infección por el virus de hepatitis B.
La fecha recuerda el nacimiento de Baruch Blumberg, investigador estadounidense y premio Nobel de Medicina, quien identificó el virus y posteriormente desarrolló la vacuna para la prevención.
La enfermedad involucra a unos 500 millones de personas en el mundo, de las cuales un millón fallecen cada año. A diferencia de la hepatitis A, habitualmente un trastorno transitorio y sin secuelas, este tipo de hepatitis puede causar daño permanente. El 20 por ciento de los infectados cronifican la enfermedad, sufren cirrosis o desarrollan un cáncer hepático.
Pese a su gravedad, se conocen las vías de contagio, lo que posibilita una oportuna prevención. El contagio puede originarse en: a) la transmisión del virus al bebé durante el embarazo, b) relaciones sexuales no protegidas, y c) uso de material punzante contaminado.
Estas vías son idénticas a las del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH-sida), otra epidemia con menor impacto humano pero mayor alarma social. Aun cuando la hepatitis B tiene un riesgo 100 veces mayor de secuelas y muerte que VIH, no hay una difusión acorde.
En nuestro medio, se aplican varias acciones concretas y eficaces para evitar la hepatitis B: se vacuna a todos los recién nacidos, evitando la transferencia de virus maternos. Aquellos que no recibieron vacunas al nacer lo hacen, por calendario oficial, a los 11 años. Se eligió esta edad porque una creciente proporción de chicos inicia entonces sus relaciones sexuales, y con vacunas evitan infectarse.
No obstante el esquema propuesto, estas pueden aplicarse en cualquier momento de la vida. Quedan fuera de esta protección algunos grupos de personas; por ejemplo: aquellos que toman contacto con sangre de una persona infectada, en especial por transfusiones de sangre o derivados mal analizados. No se ha probado contagio por pequeños inóculos (microgotitas) o si se desinfecta la zona enseguida después del contacto.
Por su exposición laboral, el personal de servicios de salud debe recibir la vacuna. En cuanto a los adolescentes, es indispensable hacer visibles dos instancias de riesgo: la utilización de elementos punzantes contaminados por el virus y las relaciones sexuales no protegidas.
Los tatuajes y piercings son procedimientos invasivos que penetran la piel, con potencial acceso a vasos sanguíneos. Si el material no está esterilizado o fue compartido, el riesgo de infección es elevado. Muchos chicos (y adultos) eligen marcar su cuerpo; diferenciarlo con objetos o diseños. Las razones son diversas, pero todos actúan desde la perspectiva de inmortalidad que caracteriza a la adolescencia (cualquiera sea su edad). Elegir con seguridad a quién marcará su cuerpo demanda enorme precaución porque, además de la piel, puede marcarles un destino.
El inicio de las relaciones sexuales, en tanto, ha experimentado un proceso de naturalización irreversible, que incluye a todos los adolescentes.
Los contactos íntimos forman parte de su búsqueda y definición personales. Es imposible, por ello, pedirles que sean monógamos y fieles, bajo la interpretación adulta de esos conceptos. Ellos prueban y eligen, con una libertad ya aceptada por dos generaciones.
De tal modo, deben proteger sus relaciones con preservativos. No a partir de transmitirles miedo de enfermar o morir por tener sexo; por el contrario, el deseo sexual está siempre ligado a la pulsión de vida. Se trata de protegerse como parte del cuidado personal, nacido en la autoestima.
La precaución juvenil surge de reconocerse habitantes de este siglo: globales, multiconectados, diversos, potentes.
Para merecer tales calificativos, deberán asumir idénticas cuotas de libertad y de riesgo. Para cuidar... y cuidarse.
*Médico.

