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Cuatro recuerdos sentimentales sobre la casualidad

Cuatro historias sobre sincronicidad. ¿Nunca te pasó eso de pensar mucho en una persona que hace bastante tiempo no ves y al rato o al otro día, pam, te la cruzás por la calle? Más información en Días Contados.

10 de septiembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Cuatro recuerdos sentimentales sobre la casualidad
(Ilustración Juan Delfini)

Uno ¿Nunca te pasó eso de pensar mucho en una persona que hace bastante tiempo no ves y al rato o al otro día, pam, te la cruzás por la calle?Una vez leí que ese fenómeno tiene explicación, pero ahora no recuerdo si los argumentos eran del tipo científico o espiritual. Creo que en un momento se hablaba de una función específica del cerebro y en otro pasaje del artículo se mencionaba una teoría de las casualidades, o algo así, relacionada con las estrellas y ciertas habilidades sensoriales, cosas muy interesantes pero que, planteadas de esta forma, me doy cuenta ahora mientras intento explicarlo, suenan un poco new age .Un compañero me estaba acercando en su auto hasta el centro de Córdoba, después del trabajo. En el trayecto, hablamos de mujeres. Ese día había pensado mucho en una exnovia, no sé bien por qué, entonces le conté que todavía la extrañaba un poco, pero también me encargué de aclarar que era imposible que volviéramos a estar juntos.Después, él comentó algunas cosas, me dio una serie de consejos convencionales, probablemente para salir del paso y para que yo no me sintiera tan miserable. Me dejó en Castro Barros, a unos metros del puente Avellaneda.Caminé algunas cuadras y en una esquina, mientras esperaba el rojo del semáforo para cruzar, miré instintivamente hacia la izquierda. A unos pocos metros estaba ella; se dirigía hacia mí con una sonrisa que reconocí de inmediato, como si mi mente pudiera irradiar un magnetismo de los sentimientos. La distancia me dio algo de tiempo para no parecer sobresaltado.–Qué loco, justo hoy pensaba en vos –dijo, cuando ya casi estaba a mi lado. Dos Por lo que alcanzo a recordar, era un día como cualquier otro, probablemente domingo, porque estaba en casa a la hora de la siesta.Pasé buena parte del día leyendo una novela ambientada en Nueva York. El protagonista era un artista plástico que buscaba ganarse la vida con sus pinturas. Antes de lograr su cometido, se cruza con toda clase de personas que le hacen ver las cosas de una manera diferente.Una de ellas aparecía en los primeros capítulos, una coleccionista anciana de nombre Roberta Joyce, que le daba una serie de advertencias sobre el mundo del arte.En un momento dejé el libro, agarré el celular, abrí Facebook. Entre las notificaciones, una solicitud de amistad de una tal Joyce Roberts, oriunda de Newark, Nueva Jersey, ningún amigo en común.A juzgar por su foto de perfil –50 y pico, pelo corto–, no se parecía en nada a cómo había imaginado a la viejita de la novela, pero igual me dio escalofríos.Pensé en una explicación racional: tal vez días atrás había googleado el título de la novela mientras en otra pestaña tenía abierto Facebook. De esa forma, algún ­algoritmo demasiado específico le recomendó a esa persona, cuyo nombre era similar al de un personaje de ficción, que fuera mi amiga.La explicación tenía su cuota de absurdo, así que no descarté que los algoritmos pudieran funcionar con su propia lógica, con un mecanismo que trasciende al mundo digital.Nunca acepté la solicitud de Mrs. Joyce. Tres Situación uno. Es media mañana y estoy en el bar de un shopping , en uno de los primeros días del mes. Estoy de buen humor porque acabo de terminar con éxito un trámite medio engorroso. Veo que hay un diario en una mesa vecina, sin clientes, así que me lo traigo y le pido al mozo un desayuno completo.Leo la sección Espectáculos mientras tomo café con leche y le arranco pedazos a una medialuna. La música funcional del shopping despide un soft rock edulcorado, totalmente adecuado para el lugar.En un momento comienza a sonar The lady in red , de Chris de Burgh, con su batería programada y esa capa de teclado que uno asocia de inmediato con los casetes y los peinados batidos.Levanto la cabeza justo cuando por los pasillos que dan al local pasa una mujer (joven, no más de 40) vestida con blusa y pantalón rojos, labios pintados a tono, con paso felino y apurado y abstraída en sus asuntos, con el eco de sus tacos angostos como una estela en fade out .Situación dos. Jueves a la noche en el barrio Güemes. Estoy en la planta alta de un bar; actúa un músico amigo. Hoy ha cambiado ligeramente su repertorio y decide incluir algunas canciones de su vieja agrupación. Entre ellas, una en particular suena muy emocionante, se eleva por encima de nosotros como una plegaria, con una melodía que planea por todo el lugar. La canción apunta al centro del corazón y acierta con la precisión de un cirujano.Esa misma noche se presenta una cantautora a unas cuadras de ahí, en Nueva Córdoba, como cierre de un evento de moda. Sólo para contextualizar, hay que decir que tanto ella como el músico que está tocando en Güemes se conocen y alguna vez actuaron en conjunto, pero ella es de Buenos Aires y él es cordobés.Al otro día me llega el WhatsApp de una amiga con un video de algunos segundos. Es un pedacito del show de esta artista, acompañado de la frase "Me emociona este tema".El video muestra un fragmento de la misma canción que a mí me había atravesado como un rayo la noche anterior, sólo que interpretada por otra persona.No estamos hablando de un clásico de Charly García ni de Los Beatles. ¿Qué probabilidades hay de que dos personas, en la misma ciudad y casi a la misma hora, interpreten un tema de un grupo semi desconocido y provoquen una emoción simultánea en otras dos personas que después, al otro día, lo van a comentar?No hay que apelar a la lógica para hechos como el del shopping o el de las canciones gemelas, pero a mí me gusta pensar que en situaciones así opera un hechizo que se llama magia pop. Cuatro Cuando era chico, ir al centro de Córdoba me parecía una aventura increíble. Vivía en la otra punta de la ciudad, un barrio muy tranquilo en el que se podía caminar o andar en bicicleta sin necesidad de advertencias paternas. El centro era para mí una zona llena de acción y peligros, con personajes desconocidos y un montón de autos y colectivos.A veces acompañaba a mi mamá al médico, o a hacer alguna compra en la peatonal de la 9 de Julio, y después de eso íbamos a un café de Colón y Cañada que se llamaba Estación King Sao.Si me portaba bien, cosa que ocurría casi siempre, mi mamá me compraba alguna historieta en un quiosco de revistas.En mi memoria, las tardes en el King Sao están asociadas a tazas de té, tostados de jamón y queso, hombres de traje y señoras mayores, un ventanal enorme en el que veía la avenida a la hora del atardecer mientras hojeaba una Condorito o un cómic del Pato Donald y sus sobrinos.Muchos años después, me mudé al centro. No tengo idea cuándo cerró el King Sao; nunca tuvo la mística del Royal o el Sorocabana, nadie le dedicó poemas ni canciones. En ese lugar ahora funciona un restaurante que tiene una linda terraza.Tiempo atrás, en una de esas tardes calurosas del verano cordobés, una novia me llamó por teléfono y dijo las tres palabras que anteceden a los problemas: "Tenemos que hablar".Propuse que nos viéramos en ese restaurante; nos quedaba cerca a los dos. Ya ubicados en una de las mesas, me dijo un montón de cosas tristes y ciertas, después dejó un billete sobre la mesa, me dio un abrazo y se fue.Cuando me quedé solo, me di cuenta de que estaba en una mesa en la que nos habíamos sentado muchas veces con mi mamá en el King Sao. Fue por la perspectiva, por la forma en que la caída del sol se reproducía en los ventanales de los edificios de la Figueroa Alcorta.