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¿Cuánto tiempo dura un metejón?

Para la psicología, no hay pasión permanente: dicha y desdicha deben alternarse de manera indefectible; pero puede haber un intenso amor.

19 de agosto de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
¿Cuánto tiempo dura un metejón?

En la revista Rumbos del 7 de julio pasado, un artículo se titula "Amor, ¿la pasión que sólo dura tres años?" Transcriben diferentes opiniones: la de Albert Einstein College of Medicine concluye que el amor romántico dura alrededor de 28 meses; y el enamoramiento intenso, un año y medio. Para otros, son tres años.

Helen Fisher explica, en La nueva psicología del amor , que realizó resonancias magnéticas a 839 personas que manifestaron estar profundamente enamoradas. La mayoría concluyó que el amor romántico no es una emoción sino un impulso que disminuye con el paso del tiempo.

Por su parte, el psicoanalista Gabriel Rolón opina que no hay tubos de ensayo ni resonancias magnéticas, que al principio el amor es un flirteo permanente que genera la ilusión de eternidad, pero reconoce que dura más o menos ese tiempo. Después, viene el momento en que los amantes se ven tal cual son y entonces se puede hablar del verdadero amor.

Para la psicología, no hay pasión permanente: dicha y desdicha deben alternarse de manera indefectible; pero puede haber un intenso amor.

No se ha reparado en nuestra teoría, que afirma que un metejón dura seis meses con descuento (cronometrado como un partido de básquet, donde 15 minutos de juego enredado pueden hacerse hasta dos horas, pues se contabiliza el tiempo que la pelota está en el aire). Si los amantes no están juntos, el reloj se detiene. Así que si uno debe trabajar en otra provincia, ir a la guerra o las obligaciones los separan durante el día, el enamoramiento se estira varios años, pues, reiteramos, deben estar cara a cara. Vaya una prueba.

Entre los dos divos principales, surge un romance furioso mientras se realiza una prolongada filmación. Ahí, pegaditos, se "gastan" dos o tres meses. Finaliza la tarea y hay que esperar, digamos, un año para el próximo contrato. Los amantes se escapan juntitos y viven en los meses restantes un romance fulminante. Surge un nuevo contrato; cada cual estrena un nuevo flirt en otra filmación; las revistas faranduleras tienen temas sabrosos; y el ciudadano común dice que eso no es amor.

Además, aclaremos que, por lo general, los que miden suponen que Cupido lanzó dos flechas simultáneamente. Pero hay casos en los que en uno el metejón se va terminando cuando su pareja comienza a enamorarse. De allí el consabido: “Ya no sos el mismo”.

Pedro Abelardo, monje, teólogo y poeta francés (1079-1142) llegó a canónigo y profesor del Claustro de París. Allí, a los 36 años de edad, tuvo como alumna a Eloísa, de 17 años. Ambos se enamoraron. La niña quedó embarazada y se fueron a vivir a Bretaña en secreto.

Él quiso casarse, pero ella no aceptó, para no perjudicar la gloria de un profesor de miles de alumnos. Fulberto, tío de Eloísa, divulgó la relación, y una noche, con otros agresores, castraron a Abelardo y huyeron.

Este curó su herida y dedicó el resto de su vida a la teología y la filosofía, mientras las cartas de amor y la pasión seguían latentes. En más de 30 años no se gastaron los seis meses, pues se veían de manera furtiva.

Pasados seis siglos (no seis meses), sus cenizas se reunieron en el Museo de Monumentos de París y en 1817 fueron trasladados a la misma tumba. Para los que opinan que somos sólo química, aquello no pasa de una curiosa anécdota.

Para los que creen en la trascendencia, este sentimiento se hace eterno. Aunque un filósofo árabe dijo: “No me pidas amor eterno; una cosa muere cuando alcanza a hacerse eterna”.

*Periodista.