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Crecer de golpe (una típica adolescente)

Semanas atrás, tuve otra pelea con mis papás. Fue poco antes de que ocurriera el episodio que nos cambió la vida.

22 de septiembre de 2013 a las 01:33 p. m.
Enrique Orschanski (Médico)
Crecer de golpe (una típica adolescente)

Semanas atrás, tuve otra pelea con mis papás. Fue poco antes de que ocurriera el episodio que nos cambió la vida. Yo les había pedido usar el auto para salir de noche con amigos. Como tantas veces, les rogué que me tuvieran confianza, que nada podía pasar. Pero otra vez dijeron que no, que todavía era chica y que debía esperar. No pude hacer que cambiaran de idea. ¿Acaso no entendían que ya tengo 17?Pasé varios días sin hablarles. Pensé, entonces, que son padres anticuados y que no confían en mí.Esa misma semana traje la libreta de calificaciones. Entre varias notas (todas arriba de 7), había un 4 en Matemáticas. Mi mamá no hizo ningún gesto; apenas murmuró: "Espero que lo levantes", y se fue al patio. Me enfureció que colgar la ropa fuera más importante que yo.Cuando papá se enteró, se quedó callado, como siempre. Después de un buen rato, suspiró como hace él, ruidosamente. ¿No tenía nada para decir?Me hizo sentir que le fallaba... ¡Por un mísero 4! No podía creer que fuera tan injusto. Sentí que podía odiarlo.En esos días, antes de que ocurriera el desastre, mi mamá había entrado en mi habitación, gritando como enloquecida. Decía que ese lugar "era un quilombo, que estaba cansada de acomodar mi ropa y que hasta había comida debajo de la cama". Con un nudo en la garganta, me puse a ordenar mis cosas, mientras suplicaba porque me dejara sola. Mi cuarto es así: las cosas están donde yo las encuentro.Cuando finalmente se fue, pensé que mi mamá era la persona más intolerante del mundo. Para completar la semana, había tenido otra pelea con mi novio. Esta vez descubrí mensajes en WhatsApp que él no podía explicar. Sospeché una traición y lo mandé a la mierda, ¡por imbécil!Estaba tan enojada que preferí aislarme de todos. En un ataque de nervios, rompí nuestras fotos. Lloraba día y noche, no me comunicaba y hasta decidí faltar unos días al colegio. Sentía que nadie sufría más que yo.Mi hermano, ese hinchapelotas con el que siempre peleamos, me dijo sonriendo que no me hiciera "tanto rollo", que ya iba a encontrar "otro mejor".Yo esperaba que mis viejos reaccionaran con abrazos y consuelos, pero no recibí nada de eso. Al contrario, sólo se miraron y dijeron frases que, antes de lo que pasó, me enojaban mucho: "Sos chica, vas a vivir muchas historias así en tu vida". "No te pasó nada grave".¡Yo ya no soy chica!, les grité en ese momento. ¡Me enferma que me traten como una nena! Además, ¿cómo sabían lo que es grave?Los grandes no nos entienden ni les importan nuestros sentimientos, pensé entonces. Pero luego pasó lo que pasó. Hace 10 días perdimos nuestra casa. El fuego bajó rápido de la sierra y quemó todo. Salvamos a Lenka, nuestra perra, y algunos pocos papeles.Recién hoy volvimos a reunirnos con mis viejos, después de dos días en casa de los abuelos. En este momento, mi papá está sentado en el frente de lo que quedó, mirando los escombros. Llora. Sin ruidos y sin taparse la cara; solamente llora. Mi mamá camina por un patio de cenizas, busca algo. Cada tanto se acerca a él y le acaricia el pelo; los dos tienen la ropa manchada de hollín.Los miro y recién ahora entiendo cuánto se quieren.Con mi hermano, estamos sentados a un costado, con Lenka. Esperamos que nos digan qué hacer. Estoy segura de que ellos van a saber. No me quejo, no protesto, no pido nada. Vivo la extraña sensación de haber crecido de golpe. Me duele todo el cuerpo. Y mi hermano, este hermoso hinchapelotas, no deja de abrazarme.