Con la nafta y el fósforo
Crece la sensación de que el país está en la antesala de algo grave. Sucede que, cuando el Gobierno presiente encrucijadas, no se puede descartar nada, ni salidas suaves ni “debacles” cataclísmicas.
P ierre Nodoyuna inventaba trampas absurdas para ganar las carreras perjudicando a sus competidores. Patán, su perro y copiloto, acompañaba las estrafalarias elucubraciones con una risita siniestra. Esos entrañables personajes de Hanna-Barbera rondaron el mitin kirchnerista en el que el titular de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde, dijo: "Voy a contar algo que después voy a negar: fui a pedirle a la Presidenta que le suprimiera rutas a LAN". El auditorio festejó, como Patán, el secreto que acababa de escuchar.La aerolínea de bandera no merece ser conducida por un Pierre Nodoyuna abocado a que a la competencia le mezquine las mangas que hacen más cómodo el descenso de los pasajeros; le demoren la colocación de las escalerillas y el retiro del equipaje y le tengan los aviones esperando largamente, en la cabecera de pista, el permiso de despegue. Por eso, la noticia de que a LAN le quitan el hangar que utiliza en Aeroparque suena a una treta más. Y, tal vez, el resultado final sea para el país tan contraproducente como las trampas del piloto creado por William Hanna y Joseph Barbera. Uno de los problemas de Cristina es que parece rodeada de astutos tramadores de patrañas. Muchas son caricaturescas, pero algunas resultan inquietantes. Por caso, la afirmación repetida por funcionarios y dirigentes de que hay una conspiración golpista en marcha.No es la primera vez que el Gobierno se victimiza dramáticamente ante una circunstancia adversa. Pero, más allá de las poses recurrentes, esta puede ser una idea que gira y crece en la cúpula del poder, como el algodón de azúcar en la máquina del vendedor. Por momentos, el mismo Gobierno que aportó a la libertad de prensa nada menos que la abolición del delito de calumnias e injurias parece dispuesto a embestir contra los periodistas que denuncian corrupción, acusándolos de formar parte de una conspiración golpista. Es posible que esté jugando al todo o nada y usando el fantasma del golpe de Estado para silenciar de una vez por todas a los periodistas a los que lleva tiempo denostando, o bien justificar una inmolación a lo bonzo para echar la culpa a sus intrigantes enemigos. Inmolarse Por momentos, crece la sensación de que el país está en la antesala de algo grave. Sucede que, cuando el Gobierno presiente encrucijadas, no se puede descartar nada, ni salidas suaves ni debacles cataclísmicas. Cualquier cosa puede suceder en la política del todo o nada. Más cuando la confluencia entre la Constitución y la urna parece colocar al Gobierno en una encrucijada.No está dicha la última palabra, pero 2015 empieza a vislumbrarse como final inexorable de un modelo de liderazgo que no está programado para dejar la presidencia, porque no tiene el chip de la alternancia.Sencillamente, en la naturaleza del kirchnerismo no está el instinto del relevo en el poder. No lleva en sus genes el traspaso del gobierno a otra fuerza política o a otro liderazgo.En la historia de sus dos únicos referentes, sólo existe el ascenso. Jamás han tenido que descender. De la municipalidad de Río Gallegos a la gobernación de Santa Cruz y de ahí a la presidencia, donde una estratagema de sucesión matrimonial permanente les permitiría pasar una estadía interminable.Como sólo sabe escalar y no está capacitado para el descenso, es más fácil imaginar al kirchnerismo saltando al vacío que organizando un traspaso ordenado del poder. Por eso, en ciertas circunstancias, actúa dando la sensación de ser un gobierno bonzo.Tich Quang Duc fue el monje del budismo mahayana que roció su cuerpo con nafta y se quemó vivo en una calle de Saigón, para que el mundo supiera lo feroz que era el régimen de Vietnam del Sur.Ese caso y los que lo siguieron hicieron que la palabra japonesa "bonzo", usada para denominar a ciertos monjes, se convirtiera en sinónimo de quienes se suicidan en público ardiendo como antorchas para denunciar una injusticia.Hay momentos en que el Gobierno parece enfrentar adversidades con un bidón en una mano y un fósforo en la otra. El país ya lo ha visto empaparse de nafta. Fue en el peor momento de la batalla por las retenciones a la exportación de soja. Y estuvo cerca de encender el fósforo.Ahora, muchos presienten que ha puesto el combustible al alcance de la mano. Algunos temen que incendie la frágil institucionalidad existente; otros, que se inmole en el altar de la gesta que proclama su discurso. Se trata de una descripción de la realidad que sólo abrazó con fervor religioso el núcleo duro de sus seguidores. O sea, ese sector de la clase media que está lejos de ser mayoría, incluso en el amplio espacio del voto oficialista, pero con el que la Presidenta comparte el mismo universo cultural. Por eso le dedica sus mejores escenificaciones. También la promesa de ir "por todo" y la consigna "nunca menos". Así las cosas, de haber un final, la grandilocuencia del relato impone que sea dramático y purificador. Esto lo hace ser un potencial gobierno bonzo. Aunque su inmolación no sería para denunciar injusticias, sino para culpar a esos enemigos a los cuales desde hace años el relato describe como urdidores de malvadas conspiraciones.

